sábado, 8 de enero de 2011

Benedicto XVI: Santa Catalina de Bolonia, de la corte al Cielo



El pasado 29 de diciembre de 2010 en la Audiencia General


CIUDAD DEL VATICANO, viernes 7 de enero de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis que el Papa dirigió, el pasado 29 de diciembre, durante la Audiencia General celebrada en el Aula Pablo VI, a los peregrinos procedentes de todo el mundo.

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Queridos hermanos y hermanas,

en una catequesis reciente hablé de Santa Catalina de Siena. Hoy querría presentaros a otra santa, menos conocida, que lleva el mismo nombre: santa Catalina de Bolonia, mujer de gran cultura, pero muy humilde; dedicada a la oración, pero siempre preparada para servir; generosa en el sacrificio, pero llena de alegría para acoger con Cristo, la cruz.

Nació en Bolonia el 8 de septiembre de 1413, primogénita de Benvenuta Mammolini y de Giovanni de'Vigri, noble culto y rico de Ferrara, doctor en leyes y lector público en Padua, donde ejercía de diplomático para Niccolò III d' Este, marqués de Ferrara. Los detalles de su infancia y juventud de Catalina son escasos y no del todo seguros. De niña vivió en Bolonia, en la casa de sus abuelos, allí fue educada por su familia, sobre todo por su madre, mujer de gran fe. Se trasladó con ella a Ferrara, cuando cumplió 10 años, entrando a esta edad en la corte de Niccolò III d'Este como damisela de honor de Margarita, hija natural de Niccolò. El marqués transformó Ferrara en una espléndida ciudad, llamando a artistas y literatos de varios países. Promovió la cultura, y aunque no tuvo una vida privada ejemplar, cuidó mucho el bien espiritual, la conducta moral y la educación de los súbditos.

En Ferrara, Catalina no se vio afectada por los aspectos negativos que a menudo llevaba consigo la vida de la corte; disfrutó de la amistad de Margarita y se convirtió en su confidente; enriqueció su cultura: estudió música, pintura, danza; aprendió poesías, a escribir composiciones literarias, a tocar la viola; se convirtió en una experta en el arte de la miniatura y de la copia; perfeccionó su estudio del latín. En su posterior vida monástica apreció mucho la formación cultural y artística que adquirió esos años. Aprendió con facilidad, pasión y tenacidad; mostró gran prudencia, singular modestia, gracia y bondad en su comportamiento. Una cosa, sin embargo, la distingue de un modo absolutamente claro: su espíritu constantemente fijo en las cosas del Cielo. En el año 1427, con sólo catorce años, y después de algunos sucesos en el ámbito de su familia, Catalina decide dejar la corte, para unirse a un grupo de mujeres jóvenes provenientes de familias nobles que hacían vida en común, consagrándose a Dios. La madre, con fe, consiente, aunque tenía otros proyectos para ella.

No conocemos el camino espiritual de Catalina, antes de esta elección. Hablando en tercera persona, ella afirmó que entró al servicio de Dios, “iluminada por la gracia divina […] con conciencia recta y gran fervor”, se dedica día y noche a la oración, empeñándose en conquistar todas las virtudes que veía en otros “ no por envidia, sino por complacer más a Dios, en quien había puesto todo su amor” (Las siete armas espirituales, VII, 8, Bolonia 1998, p. 12). Son notables sus progresos espirituales en esta nueva fase de su vida, pero grandes y terribles son también las pruebas, los sufrimientos internos, sobre todo las tentaciones del demonio. Atravesó un profunda crisis espiritual hasta los límites de la desesperación (cfr ibid., VII, p. 12-29). Vivió en la noche del alma, golpeada además, por las tentaciones de incredulidad hacia la Eucaristía. Después de tanto sufrir, el Señor la consoló: en una visión, le dio la clara conciencia de la presencia real eucarística, un conocimiento tan luminoso que Catalina non consiguió expresar en palabras (cfr ibid., VIII, 2, p. 42-46). En el mismo periodo, una prueba muy dolorosa cae sobre su comunidad: surgen tensiones entre aquellas que quieren seguir la espiritualidad agustiniana y quienes se sentían más orientadas hacia la espiritualidad franciscana.

Entre el 1429 y el 1430, la responsable del grupo, Lucia Mascheroni, decide fundar un convento de agustinas. Catalina, sin embargo, decide con otras, ligarse a la regla de santa Clara de Asís. Es un regalo de la Providencia, ya que la comunidad vive en la cercanía de la iglesia del Espíritu Santo anexa al convento de los frailes menores, que se han adherido al movimiento de la Observancia. Catalina y sus compañeras pudieron así participar regularmente en las celebraciones litúrgicas y recibir una adecuada asistencia espiritual. Tuvieron, también, la fortuna de poder escuchar la predicación de san Bernardino de Siena (cfr ibid., VII, 62, p. 26). Catalina contó que, en el 1429 - tercer año desde su conversión- fue a confesarse a uno de los frailes menores, después de una buena confesión y rezando intensamente al Señor para que le perdonase todos sus pecados y le librase del dolor que iba unido a ellos, Dios le reveló en una visión que le había perdonado todo. Fue una experiencia tan fuerte de la misericordia divina, que la marcó para siempre, dándole un nuevo impulso para responder con generosidad al inmenso amor de Dios (cfr ibid., IX, 2, p. 46-48).

En el 1431 tuvo una visión del juicio final. La terrorífica escena de los condenados la empujó a intensificar la oración y la penitencia por la salvación de los pecadores. El demonio continuó acosándola pero ella se confió de modo total al Señor y a la Virgen María (cfr. ibid., X, 3, p. 53-54). En sus escritos, Catalina nos dejó algunas características importantes de este misterioso combate, del cual sale victoriosa por la gracia de Dios. Lo hizo para instruir a sus hermanas y a aquellos que pretendían encaminarse en la vía de la perfección: quiso ponerse en guardia de las tentaciones del demonio, que se esconde a menudo bajo apariencias engañosas, para después insinuar dudas de fe, inseguridades en la vocación, sensualidad.

En el tratado autobiográfico y didáctico, Las siete armas espirituales, Catalina ofreció enseñanzas de gran sabiduría y de profundo discernimiento. Habló en tercera persona al relatar las gracias extraordinarias que el Señor le dio, y en primera persona al confesar los propios pecados. Su escrito destila la pureza de su fe en Dios, la profunda humildad, la simplicidad del corazón, el ardor misionero, la pasión por la salvación de las almas. Concreta siete armas en la lucha contra el mal, contra el diablo: 1. Cuidarse y preocuparse en hacer siempre el bien; 2. Creer que solos nunca podemos hacer nada verdaderamente bueno; 3,Confiar en Dios y, con su amor, no temer nunca la batalla contra el mal, sea en el mundo, sea en nosotros mismos; 4. Meditar a menudo los sucesos y palabras de la vida de Jesús, sobre todo su pasión y muerte; 5. Recordar que somos mortales; 6. Tener siempre presente el recuerdo de los bienes del paraíso; 7. Tener familiaridad con la Santa Escritura, llevándola siempre en el corazón para que oriente todos los pensamientos y todas las acciones. ¡Un bello programa de vida espiritual, también hoy, para cada uno de nosotros!

En el convento, a pesar de haberse acostumbrado a la corte de Ferrara, Catalina desempeñó tareas de lavandera, costurera, panadera y del cuidado de los animales. Cumplió todo, incluso los servicios más humildes, con amor y diligente obediencia, ofreciendo a sus hermanas un testimonio luminoso.

De hecho, vio en la desobediencia el orgullo espiritual que destruye cualquier otra virtud. Por obediencia, aceptó el encargo de enseñar a las novicias, aún cuando se vio incapaz de realizar el encargo, y Dios continuó animándola con su presencia y sus dones: fue, desde luego, una maestra sabia y apreciada.

Más tarde le fue encargado el servicio del locutorio. Le costó mucho interrumpir a menudo la oración para responder a las personas que se presentaban a la reja del monasterio, pero también en esta ocasión el Señor no dejó de visitarla y de estar cerca. Con ella el monasterio fue más que nunca un lugar de oración, de ofrenda, de silencio, de cansancio y de gozo. Cuando murió la abadesa, los superiores pensaron en seguida en ella, pero Catalina los animó a dirigirse a las clarisas de Mantua, más instruidas en la constitución y observancia religiosa. Pocos años después, en el 1456, se pidió a su monasterio la creación de una nueva sede en Bolonia. Catalina hubiera preferido terminar sus días en Ferrara, pero el Señor se le apareció y le exhortó a cumplir su voluntad como abadesa en Bolonia. Se preparó para este nuevo desempeño con ayunos, disciplina y penitencias. Fue a Bolonia con dieciocho hermanas. Como superiora fue la primera en la oración y en el servicio; vivió en profunda humildad y pobreza. Después de tres años como abadesa, fue feliz al ser sustituida, pero un año después hubo de retomar sus funciones, porque la nueva elegida se quedó ciega. Aunque el sufrimiento y las graves enfermedades la atormentaban, realizó su servicio con generosidad y dedicación.

Todavía durante un año, exhortó a sus hermanas a la vida evangélica, a la paciencia y a la constancia en las pruebas, al amor fraterno, a la unión con el Esposo Divino, Jesús, para preparar de esta manera la propia dote para las bodas eternas. Una dote que Catalina basó en el saber compartir los sufrimientos de Cristo, afrontando con serenidad disgustos, angustias, desprecios e incomprensiones (cfr Le sette armi spirituali, X, 20, p. 57-58). Al principio de 1463, las enfermedades se agravaron; reunió a las hermanas por ultima vez en el Capitulo, para anunciarles su muerte y recomendarles la observancia de la regla. Hacia el final de febrero comenzó a sufrir fuertes dolores que no la dejaron más, pero ella siguió confortando a las hermanas desde el dolor, asegurándoles su ayuda también desde el cielo. Después de haber recibido los últimos sacramentos, entregó a su confesor el escrito Las siete armas espirituales y entró en agonía; su rostro se volvió bello y luminoso; miró con amor a cuantas la rodeaban y expiró dulcemente, pronunciando tres veces el nombre de Jesús: era el 9 de marzo de 1463 (cfr I. Bembo,Espejo de iluminación. Vida de santa Catalina en Bolonia, Florencia 2001, cap. III). Catalina fue canonizada por el Papa Clemente XI el 22 de mayo de 1712. La capilla del monasterio del Corpus Domini, en la ciudad de Bolonia,, custodia su cuerpo incorrupto.

Queridos amigos, santa Catalina de Bolonia, con sus palabras y con su vida, es una invitación entusiasta a dejarnos guiar siempre por Dios, a cumplir su voluntad todos los días, aunque si a menudo no se corresponde con nuestros proyectos, a confiar en su providencia que nunca nos deja solos. Desde esta perspectiva, santa Catalina habla con nosotros; desde la distancia de tantos siglos, es todavía muy moderna y habla a nuestra vida. Como nosotros sufre la tentación, la tentación de la incredulidad, de la sensualidad, de un combate difícil, espiritual. Se sintió abandonada por Dios, se encontró en la oscuridad de la fe. Pero en todas estas situaciones se cogió siempre a la mano del Señor, no lo dejó, no lo abandonó. Y caminando de la mano del Señor, fue por el sendero correcto y en encontró el camino de la luz. Así, nos dice también: ánimo, que también en la noche oscura de la fe , con tantas dudas que pueda haber, no dejéis la mano del Señor, caminad con vuestra mano en su mano, creed en la bondad del Señor; ¡esto es caminar por el sendero correcto! Y quisiera subrayar otro aspecto, el de su gran humildad: fue una persona que no quiso ser alguien o algo, no quiso aparentar; no quiso gobernar. Quiso servir, hacer la voluntad de Dios, estar al servicio de los demás. Por esto en concreto, Catalina era una autoridad creíble, porque se podía ver que para ella la autoridad era exactamente servir a los demás. Pidamos a Dios, con la intercesión de nuestra santa, el don de realizar el proyecto que Él tiene para nosotros, con valentía y generosidad, para que sólo Él sea la roca sólida sobre la que edificar nuestra vida. Gracias.

[En español dijo]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, de Valdivia, a los miembros de la Escolanía de Loyola, de Pamplona, y a los demás grupos procedentes de España, Méjico, Argentina y otros países latinoamericanos. Que, a ejemplo de Santa Catalina de Bolonia, os dejéis guiar siempre por Dios, confiando en su bondad, que nunca nos abandona. Deseo a todos un Año lleno de las bendiciones del Señor. Muchas gracias.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez]

domingo, 2 de enero de 2011

sábado, 18 de diciembre de 2010

Reconocido un milagro atribuido a la intercesión de Ana María Janer


La fundadora de las Hermanas de la Sagrada Familia de Urgell será beatificada próximamente


CIUDAD DEL VATICANO/BARCELONA, domingo 12 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).-


"¡La madre fundadora me ha curado!" gritó Ana Padrós el 9 de junio de 1951, caminando con normalidad tras levantarse de su silla de ruedas.

Acababa de rezar la oración del quinto día de la Novena en honor de la Madre Janer en la capilla del Asilo Municipal del Parque de Barcelona, regentado por las Hermanas de la Sagrada Familia de Urgell, donde residía.

El milagro fue reconocido este viernes oficialmente por la Iglesia católica, con la aprobación, por el Papa, del decreto de milagro de la venerable sierva de Dios Ana María Janer Anglarill, fundadora del Instituto de Hermanas de la Sagrada Familia de Urgell.

Este reconocimiento abre las puertas a la próxima beatificación de la religiosa, informa a ZENIT la postuladora de la causa de beatificación de Ana María Janer, la hermana María Pilar Adín Carreras.

La mujer que experimentó el milagro realizado por intercesión de la Madre Janer ingresó en el asilo conocido como "El Parque" en 1949, aquejada de una poliartrosis degenerativa inflamatoria.

La enfermedad, irreversible e incurable según el diagnóstico médico, le impedía moverse con normalidad hasta el punto de necesitar una silla de ruedas.

Además de la enfermedad degenerativa, la persona sanada padecía de enanismo, no sabía leer ni escribir y se encontraba sola porque había perdido a toda su familia.

Una hermana de la comunidad que regentaba el asilo, María Luisa Font Romeu, aconsejó a Ana Padrós que pidiera la intercesión de Ana María Janer Anglarill para conseguir su curación.

El 5 de junio de 1951, empezaba la oración de intercesión en la capilla y al quinto día sintió una fuerza que la impulsaba a arrodillarse y a ponerse de pie.

Los exámenes médicos posteriores constataron la recuperación funcional total de la señora, que desde entonces se dedicó a ayudar en la enfermería y en el comedor del Parque hasta su muerte, en 1964, de un infarto.

La intercesión de la religiosa logró una curación instantánea, duradera y completa e inexplicable a la luz de los actuales conocimientos médicos, de una poliartrosis degenerativa inflamatoria con grave y persistente sintomatología dolorosa y grave limitación funcional, reconoció el Vaticano.

Ana María Janer

Ana María Janer Anglarill nació el 18 de diciembre de 1800 en Cervera, en la provincia de Lérida, en una familia de profundas convicciones cristianas, y murió el 11 de enero de 1885 en Talarn.


A los dieciocho años, entró a formar parte de la Hermandad de Caridad del hospital de Castelltort de Cervera.

Las hermanas atendían a los enfermos y pobres del hospital e impartían clases y catecismo en el Real Colegio de Educandas de la misma ciudad. Después de profesar, recibió los encargos de
maestra de novicias y de superiora.

A petición de Carlos de Borbón, se hizo cargo de los hospitales de campaña de Solsona, Berga, la Vall d'Ora y la Boixadera durante la primera guerra carlista. Fue reconocida por los combatientes de los dos bandos como la "Madre".

Durante cinco años, dirigió la Casa de Caridad o de Misericordia de Cervera, que albergaba a niños huérfanos, jóvenes discapacitados y ancianos, y donde también se impartían clases para niños y niñas externos.

En 1859, aceptó la petición del obispo de Urgell Josep Caixal Estradé y estableció una hermanad de caridad en el hospital de pobres enfermos de La Seu d'Urgell.

El 29 de junio de 1859, fundó el Instituto de Hermanas de la Sagrada Familia de Urgell, dedicado a la educación cristiana de niños y jóvenes y a la asistencia de enfermos y ancianos.

Durante su vida tuvieron lugar veintitrés fundaciones. Con la revolución de 1868, numerosas comunidades fueron disueltas y las hermanas se dispersaron.

Pero en 1880 se celebró en Talarn el primer capítulo general que la eligió canónicamente como superiora general y en 1883 fue elegida vicaria y primera consejera general.

En la actualidad, el Instituto de Hermanas de la Sagrada Familia de Urgell está presente en once países: en España, Andorra, Italia, Argentina, Paraguay, Uruguay, Chile, Colombia, México, Perú y Guinea Ecuatorial.

Se trata de una presencia que se desarrolla en diversos campos de acción: escuelas, hospitales, residencias, misiones, parroquias, tiempo libre y otros apostolados compatibles con el carisma.

Ana María Janer dedicó toda su vida a atender a las personas marginadas de su tiempo: los pobres enfermos e incurables, los apestados, los heridos de guerra, los niños huérfanos y los ancianos solos.

Pasó sus últimos años en Talarn rodeada de alumnas y de jóvenes, y pidió morir en el suelo como penitente por amor a Cristo.

Su proceso de beatificación comenzó en noviembre de 1951. El 3 de julio de 2009, el Papa Benedicto XVI aprobó el decreto de virtudes heroicas.

Ahora, con la autorización de la promulgación del decreto de milagro, Benedicto XVI abre las puertas a la próxima beatificación de esta fundadora española.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Argentina: “La Paz: camino para el cambio social”


Presentado un libro del Centro de Estudios de la Doctrina Social de la Iglesia


BUENOS AIRES, viernes, 10 diciembre 2010 (ZENIT.org).-


Con el título La Paz: camino para el cambio social, fue presentado el libro de María Alba Aiello de Almeida, en el Auditorio Don Orione de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

Esta obra –informa a ZENIT Pablo A. Blanco, del Centro de Estudios de la Doctrina Social de la Iglesia Juan Pablo II (CEDSI)--, se enmarca en la colección editorial “Aportes para la transformación de la realidad”, del CEDSI, que edita Ciudad Nueva.

El 30 de Noviembre, ante numerosos asistentes, Franklin M. Obarrio, Carlos E. Ferré y

Guillermo Quesada presentaron el libro y a su autora. Moderó Nora M. Franco. La presentación contó con la adhesión del Instituto Argentino Jacques Maritain.

Los oradores destacaron el valor del libro “como aporte desafiante a la tarea de imaginar y proponer herramientas, actitudes, destrezas y prácticas concretas, que favorezcan el desarrollo de un comportamiento personal y social que aliente la construcción de la Paz”, informa Blanco.

Carlos E. Ferré remarcó “el compromiso personal y profesional de la autora a lo largo de los años, y su constante preocupación y trabajo en el orden del compromiso social con los sectores más postergados de nuestra sociedad”.

La autora recordó a los presentes que “en una sociedad signada por el consumo, donde los hombres corren detrás del tener más, olvidando el ser más, no resulta extraño que el ser humano haya perdido la Paz, tanto interior, como en lo relativo a la convivencia con sus propios semejantes”.

Remarcó la necesidad de tener una mirada de esperanza “cuántas posibilidades tenemos en nuestro haber, para emprender la construcción de un orden social justo y fraterno al cual sólo puede llegarse por el camino de la Paz. Como señala Gandhi, no hay caminos para la Paz, la Paz es el camino” sintetizó la autora.

Almeida es expositora en congresos nacionales e internacionales sobre Métodos de Resolución Pacífica de los Conflictos y temas jurídicos.

Docente en universidades nacionales; invitada por la Universidad de Salamanca, Argentina (2003), por la Universidad de Chile (2003) y por la Universidad de Holguín, Cuba (2002).

Dictó numerosos cursos para jueces, funcionarios y magistrados de la Justicia nacional y provinciales. Es autora y coautora de publicaciones especializadas sobre cuestiones jurídicas y mediación.

Es secretaria académica de Consultora Equipo I.M.C.A., miembro de la Association for Conflict Resolution (ACR), Estados Unidos, del Club de Mediadores, Argentina, y directora de Outreach for the International Section de ACR (2009/2010 begin_of_the_skype_highlighting 2009/2010 end_of_the_skype_highlighting).

Finalizada la presentación, Pablo A. Blanco, coordinador del Programa Editorial del CEDSI y Alejandro Frére, gerente de la Editorial Ciudad Nueva indicaron que “este libro está dirigido a todos aquellos profesionales especializados en Mediación, docentes, juristas, economistas y quienes desean aplicar en lo concreto la Doctrina Social de la Iglesia”, encontrarán “novedad en los aportes teóricos, metodológicos y de orden práctico, y alto grado de aplicabilidad a la realidad del ejercicio profesional”.

Para saber más: www.cedsijuanpablo2.org.ar

martes, 7 de diciembre de 2010

Benedicto XVI: Juliana de Norwich y el amor divino


Hoy durante la Audiencia General


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 1 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy a los peregrinos reunidos en el Aula Pablo VI para la Audiencia General de los miércoles.

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Queridos hermanos y hermanas,

recuerdo aún con gran alegría el Viaje apostólico realizado al Reino Unido el pasado septiembre. Inglaterra es una tierra que ha visto nacer a muchas figuras ilustres que con su testimonio y su enseñanza embellecen la historia de la Iglesia. Una de ellas, venerada tanto por la Iglesia católica como por la Comunión anglicana, es la mística Juliana de Norwich, de la que querría hablaros esta mañana.

Las noticias de que disponemos sobre su vida – no muchas – se deducen principalmente del libro en el que esta mujer gentil y piadosa recogió el contenido de sus visiones, titulado Revelaciones del Amor divino. Se sabe que vivió aproximadamente entre 1342 y 1430, años tormentosos tanto para la Iglesia, lacerada por el cisma que siguió a la vuelta del Papa de Aviñón a Roma, como para la vida de la gente que sufría las consecuencias de una larga guerra entre el reino de Inglaterra y el de Francia. Dios, sin embargo, tampoco en los tiempos de tribulación cesa de suscitar figuras como Juliana de Norwich, para llamar a los hombres a la paz, al amor y a la alegría.

Como ella misma nos narra, en mayo de 1373, probablemente el 13 de aquel mes, fue afectada de repente por una enfermedad gravísima que en tres días pareció llevarla a la muerte. Después de que el sacerdote, que acudió a su cabecera, le mostró el Crucifijo, Juliana no sólo recuperó en seguida la salud, sino que recibió dieciséis revelaciones que después consignó por escrito y comentó en su libro, las Revelaciones del Amor divino. Y fue el propio Señor quien, quince años después de estos acontecimientos extraordinarios, le reveló el sentido de esas visiones. “¿Quieres saber lo que pretendía tu Señor y conocer el sentido de esta revelación? Sábelo bien: amor es lo que Él pretendió. ¿Quién te lo revela? El amor. ¿Por qué te lo revela? Por amor... Así aprenderás que nuestro Señor significa amor" (Juliana de Norwich, Il libro delle rivelazioni, cap. 86, Milán 1997, p. 320).

Inspirada por el amor divino, Juliana tomó una decisión radical. Como una antigua anacoreta, eligió vivir dentro de una celda, colocada en las proximidades de la iglesia dedicada a san Julián, dentro de la ciudad de Norwich, en sus tiempos un importante centro urbano, cerca de Londres. Quizás asumió el nombre de Juliana precisamente por el del santo al que estaba dedicada la iglesia junto a la que vivió durante muchos años, hasta su muerte. Podría sorprendernos e incluso dejarnos perplejos esta decisión de vivir “recluida”, como se decía en sus tiempos. Pero no era la única en realizar esta elección: en aquellos siglos un número considerable de mujeres optó por este tipo de vida, adoptando reglas elaboradas a propósito para ellas, como la compuesta por san Elredo de Rievaulx. Las anacoretas o “reclusas”, dentro de su celda, se dedicaban a la oración, a la meditación y al estudio. De esta forma, maduraban una sensibilidad humana y religiosa finísima, que las hacía veneradas por la gente. Hombres y mujeres de toda edad y condición, necesitados de consejos y de consuelo, las buscaban con devoción. Por tanto no era una decisión individualista; precisamente con esta cercanía al Señor maduraba en ella también la capacidad de ser consejera para muchos, de ayudar a cuantos vivían en dificultad en esta vida.

Sabemos que también Juliana recibía frecuentes visitas, como nos lo atestigua la autobiografía de otra ferviente cristiana de su tiempo, Margery Kempe, que se dirigió a Norwich en 1413 para recibir sugerencias sobre su vida espiritual. De ahí que, cuando Juliana estaba viva, era llamada, como está escrita en el monumento fúnebre que recoge sus restos: "Madre Juliana". Se había convertido en madre para muchos.

Las mujeres y los hombres que se retiran para vivir en compañía de Dios, precisamente gracias a esta decisión suya, adquieren un gran sentido de compasión por las penas y debilidades de los demás. Amigas y amigos de Dios, disponen de una sabiduría que el mundo, del que se alejan, no posee, y con amabilidad la comparten con aquellos que llaman a sus puertas. Pienso por tanto con admiración y reconocimiento en los monasterios de clausura femeninos y masculinos que, hoy más que nunca, son oasis de paz y de esperanza, precioso tesoro para toda la Iglesia, especialmente al recordar la primacía de Dios y la importancia de una oración constante e intensa para el camino de fe.

Fue precisamente en la soledad habitada por Dios como Juliana de Norwich compuso las Revelaciones del Amor divino, de la que nos han llegado dos redacciones, una más breve, probablemente la más antigua, y una más larga. Este libro contiene un mensaje de optimismo fundado en la certeza de ser amados por Dios y de ser protegidos por su Providencia. Leemos en este libro las siguientes palabras estupendas: “Ve con absoluta seguridad ... que Dios antes aún de crearnos nos amó, con un amor que nunca ha disminuido, y nunca se desvanecerá. Y en este amor Él hizo todas sus obras, y en este amor Él hizo de modo que todas las cosas resulten útiles para nosotros, y en este amor nuestra vida dura por siempre... En este amor tenemos nuestro principio, y todo esto lo veremos en Dios sin fin" (El libro de las revelaciones, cap. 86, p. 320).

El tema del amor divino vuelve a menudo en las visiones de Juliana de Norwich quien, con una cierta audacia, no duda en compararlo también al amor materno. Este es uno de los mensajes más característicos de su teología mística. La ternura, la solicitud y la dulzura de la bondad de Dios hacia nosotros son tan grandes, que a nosotros peregrinos en la tierra nos evocan el amor de una madre por sus propios hijos. En realidad, también los profetas bíblicos a veces utilizaron este lenguaje que recuerda la ternura, la intensidad y la totalidad del amor de Dios, que se manifiesta en la creación y en toda la historia de la salvación y que tiene el culmen en la Encarnación del Hijo. Dios, que sin embargo supera siempre todo amor humano, como dice el profeta Isaías: "¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!" (Is 49, 15). Juliana de Norwich comprendió el mensaje central para la vida espiritual: Dios es amor y sólo cuando se abre a él, totalmente y con confianza total, a este amor y se deja que éste se convierta en la única guía de la existencia, todo se transfigura, se encuentran la verdadera paz y la verdadera alegría y se es capaz de difundirla alrededor.

Quisiera subrayar otro punto. El Catecismo de la Iglesia Católica recoge las palabras de Juliana de Norwich cuando expone el punto de vista de la fe católica sobre un argumento que no deja de constituir una provocación para todos los creyentes (cfr nn. 304-314). Si Dios es sumamente bueno y sabio, ¿por qué existen el mal y el sufrimiento de los inocentes? También los santos, precisamente los santos, se plantean esta pregunta. Iluminados por la fe, nos dan una respuesta que abre nuestro corazón a la confianza a la esperanza: en los misteriosos designios de la Providencia, también del mal sabe sacar Dios un bien más grande, como escribió Juliana de Norwich: "Aprendí de la gracia de Dios que debía permanecer firmemente en la fe, y que debía por tanto creer firme y perfectamente que todo habría acabado en bien…" (Il libro delle rivelazioni, cap. 32, p. 173).

Si, queridos hermanos y hermanas, las promesas de Dios son siempre más grandes que nuestras esperanzas. Si entregamos a Dios, a su inmenso amor, los deseos más puros y más profundos de nuestro corazón, nunca serenos decepcionados. “Y todo estará bien”, “todo será para bien": este es el mensaje final que Juliana de Norwich nos transmite y que también yo os propongo hoy. Gracias.

[En español dijo]

Saludo con afecto a los grupos de lengua española, provenientes de España, México y otros países latinoamericanos. Las promesas divinas son más grandes que nuestras expectativas. Si entregamos a Dios, a su inmenso amor, los deseos más puros y profundos de nuestro corazón, nunca nos sentiremos defraudados. "Todo estará bien", "cada cosa será para bien". Esto lo vivió con gran intensidad Juliana de Norwich. Que su ejemplo os ayude en vuestra vida cristiana, para que siempre seáis signos vivos de la caridad de Cristo y transmitáis a los demás con serena alegría la belleza de su mensaje de salvación. Muchas gracias.

[Llamamiento]

Recomiendo a vuestras oraciones y a las de los católicos de todo el mundo a la Iglesia en China, que, como sabéis, está viviendo momentos particularmente difíciles. Pedimos a la Bendita Virgen María, Auxilio de los Cristianos, que sostenga a todos los obispos chinos, a mi tan queridos, para que den testimonio de su fe con valor, poniendo toda esperanza en el Salvador que esperamos. Confiemos también a la Virgen a todos los católicos de ese amado país, para que, con su intercesión, puedan realizar una auténtica existencia cristiana en comunión con la Iglesia universal, contribuyendo así también a la armonía y al bien común de su noble Pueblo.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

sábado, 4 de diciembre de 2010

Representante vaticano pide más atención a las mujeres migrantes


Reflexión de monseñor Vegliò en un encuentro de Caritas sobre la migración femenina


SALY, viernes 3 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).-


“La comunidad internacional aún no presta suficiente atención a algunas cuestiones fundamentales” relacionadas con la migración femenina, declaró el presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes.

Monseñor Antonio Vegliò intervino en un foro internacional organizado por Caritas internationalis sobre el tema El rostro femenino de la emigración, celebrado en Saly (Senegal) del 30 de noviembre al 2 de diciembre.

En concreto, destacó que “todavía no hay leyes universales que se prodiguen al servicio de la maternidad y que tengan en cuenta que la mujer tiene una manera distinta de manejar las distintas realidades”.

Y afirmó que “la Iglesia invita a los Gobiernos a revisar las políticas y las normas que comprometan la tutela de los derechos fundamentales, como la lucha contra los abusos en el trabajo, sobre todo los sexuales, el acceso a los servicios de salud, la vivienda, la nacionalidad, la reagrupación familiar y la asistencia a las madres jóvenes”.

Ante más de cien representantes de la confederación Caritas y de otras organizaciones caritativas católicas y expertos en migración de cincuenta países, monseñor Vegliò destacó el compromiso de la Iglesia en este sentido.

Dijo que “Continuará acogiendo fraternalmente a los migrantes que proceden de las Iglesias hermanas, compartiendo con ellos la riqueza de la diversidad y anunciando juntos el Evangelio a través de la palabra y la acción”, aseguró.

“En la perspectiva de una Iglesia ministerial, misionera y más atenta al laicado, deberá profundizarse mejor, reconocerse y valorarse una presencia adecuada y un justo ministerio de la mujer”, continuó.

Y añadió: “Se trata de reconocer su función específica en un proyecto de Iglesia en el que hombre y muer, con sus dones y tareas particulares y complementarias, puedan realizarse mejor según el proyecto de Dios en Cristo”.

Situación de muchas migrantes

El prelado destacó las dimensiones que está tomando la emigración femenina, cuya fuerza de trabajo supera en algunos países a la de los hombres, y ofreció un análisis de la situación de muchas mujeres migrantes en el mundo.

Denunció que “a menudo son empleadas en el trabajo ilegal privadas de los derechos humanos fundamentales, y a veces sufren abusos en el ámbito doméstico”.

Recordó a las que “se dedican al negocio de su cuerpo” y apuntó que “los ingresos anuales de la prostitución se estiman en alrededor de 12 mil millones de dólares, la tercera actividad ilegal más rentable del mundo después del comercio de armas y drogas”.

Alertó sobre la trata de blancas y destacó que “unos cuatro millones de mujeres son vendidas anualmente para la prostitución o la esclavitud, casi dos millones son niñas menores de entre 5 y 15 años, involucradas en el comercio sexual”.

También constató que “la mayoría de mujeres migrantes carece del apoyo de una familia normal; generalmente están separadas, divorciadas o viudas”.

“Parece que muchas de ellas ceden con relativa facilidad a la práctica del aborto, lo que explica una gran exposición a los traumas psíquicos”, continuó.

Y añadió que los proyectos y sueños de crear una familia y tener hijos, “por desgracia en la emigración se hacen cada vez más difícil a causa de la precariedad económica y de las repercusiones de la maternidad precoz”.

martes, 30 de noviembre de 2010

Benedicto XVI: Catalina de Siena, copatrona de Europa


Hoy en la Audiencia General


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 24 de noviembre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy durante la Audiencia General celebrada en el Aula Pablo VI con peregrinos procedentes de todo el mundo.

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Queridos hermanos y hermanas,

hoy quisiera hablaros de una mujer que ha tenido un papel eminente en la historia de la Iglesia. Se trata de santa Catalina de Siena. El siglo en que vivió – el decimocuarto – fue una época difícil para la vida de la Iglesia y para todo el tejido social en Italia y en Europa. Con todo, incluso en los momentos de mayor dificultad, el Señor no cesa de bendecir a su Pueblo, suscitando Santos y Santas que sacudan las mentes y los corazones provocando conversión y renovación. Catalina es una de estas y aún hoy nos habla y nos empuja a caminar con valor hacia la santidad para ser de forma cada vez más plena discípulos del Señor.

Nacida en Siena, en 1347, en una familia muy numerosa, murió en su ciudad natal en 1380. A la edad de 16 años, impulsada por una visión de santo Domingo, entró en la Orden Terciaria Dominica, en la rama femenina llamada Mantellate [llamadas así por llevar un manto negro, n.d.t.]. Permaneciendo con la familia, confirmó el voto de virginidad que había hecho de forma privada cuando era aún adolescente, se dedicó a la oración, a la penitencia, a las obras de caridad, sobre todo en beneficio de los enfermos.

Cuando la fama de su santidad se difundió, fue protagonista de una intensa actividad de consejo espiritual hacia toda categoría de personas: nobles y hombres políticos, artistas y gente del pueblo, personas consagradas, eclesiásticos, incluido el papa Gregorio XI, que en aquel periodo residía en Aviñón y a quien Catalina exhortó enérgica y eficazmente a volver a Roma. Viajó mucho para solicitar la reforma interior de la Iglesia y para favorecer la paz entre los Estados: también por este motivo el Venerable Juan Pablo II la quiso declarar Copatrona de Europa: para que el Viejo Continente no olvide nunca las raíces cristianas que están en la base de su camino y siga tomando del Evangelio los valores fundamentales que aseguran la justicia y la concordia.

Catalina sufrió mucho, como muchos Santos. Alguno pensó incluso que había que desconfiar de ella hasta el punto de que en 1374, seis años antes de su muerte, el capítulo general de los Dominicos la convocó a Florencia para interrogarla. Le pusieron al lado a un fraile docto y humilde, Raimundo de Capua, futuro Maestro General de la Orden. Convertido en su confesor y también en su “hijo espiritual”, escribió una primera biografía completa de la Santa. Fue canonizada en 1461.

La doctrina de Catalina, que aprendió a leer con dificultad y a escribir cuando era ya adulta, está contenida en el Diálogo de la Divina Providencia o bien Libro de la Divina Doctrina, una obra maestra de la literatura espiritual, en su Epistolario y en la colección de las Oraciones. Su enseñanza está dotada de una riqueza tal que el Siervo de Dios Pablo VI, en 1970, la declaró Doctora de la Iglesia, título que se añadía al de Copatrona de la Ciudad de Roma, por voluntad del Beato Pío IX, y de Patrona de Italia, por decisión del Venerable Pío XII.

En una visión que nunca se borró del corazón y de la mente de Catalina, la Virgen la presentó a Jesús, que le dio un espléndido anillo, diciéndole: "Yo, tu Creador y Salvador, te desposo en la fe, que conservarás siempre pura hasta cuando celebres conmigo en el cielo tus bodas eternas” (Raimundo de Capua, S. Catalina de Siena, Legenda maior, n. 115, Siena 1998). Ese anillo le era visible solo a ella. En este episodio extraordinario advertimos el centro vital de la religiosidad de Catalina y de toda auténtica espiritualidad: el cristocentrismo. Cristo es para ella como el esposo, con el que hay una relación de intimidad, de comunión y de fidelidad; es el bien amado sobre cualquier otro bien.

Esta unión profunda con el Señor está ilustrada por otro de la vida de esta insigne mística: el intercambio del corazón. Según Raimundo de Capua, que transmite las confidencias recibidas de Catalina, el Señor Jesús se le apareció con un corazón humano rojo resplandeciente en la mano, le abrió el pecho, se lo introdujo y dijo: “Queridísima hija, como el otro día tomé el corazón tuyo que me ofrecías, he aquí que ahora te doy el mío, y de ahora en adelante estará en el lugar que ocupaba el tuyo” (ibid.). Catalina vivió verdaderamente las palabras de san Pablo, “...no vivo yo, sino que Cristo vive en mi" (Gal 2,20).

Como la santa de Siena, todo creyente siente la necesidad de conformarse a los sentimientos del Corazón de Cristo para amar a Dios y al prójimo como el mismo Cristo ama. Y todos nosotros podemos dejarnos transformar el corazón y aprender a amar como Cristo, en una familiaridad con Él nutrida por la oración, por la meditación sobre la Palabra de Dios y por los Sacramentos, sobre todo recibiendo frecuentemente y con devoción la santa Comunión. También Catalina pertenece a este grupo de santos eucarísticos con la que quise concluir mi Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis (cfr n. 94). Queridos hermanos y hermanas, la Eucaristía es un extraordinario don de amor que Dios nos renueva continuamente para nutrir nuestro camino de fe, revigorizar nuestra esperanza, inflamar nuestra caridad, para hacernos cada vez más semejantes a Él.

Alrededor de una personalidad tan fuerte y auténtica se fue construyendo una verdadera y auténtica familia espiritual. Se trataba de personas fascinadas por la autoridad moral de esta joven mujer de elevadísimo nivel de vida, y quizás impresionadas también por los fenómenos místicos a los que asistían, como los frecuentes éxtasis. Muchos se pusieron a su servicio y sobre todo consideraron un privilegio ser guiados espiritualmente por Catalina. La llamaban “mamá”, pues como hijos espirituales tomaban de ella la nutrición del espíritu.

También hoy la Iglesia recibe un gran beneficio del ejercicio de la maternidad espiritual de tantas mujeres, consagradas y laicas, que alimentan en las almas el pensamiento de Dios, refuerzan la fe de la gente y orientan la vida cristiana hacia cimas cada vez más elevadas. “Hijo os digo y os llamo – escribe Catalina dirigiéndose a uno de sus hijos espirituales, el cartujo Giovanni Sabatini -, en cuanto que os doy a luz a través de continuas oraciones y deseo en presencia de Dios, así como una madre da a luz a su hijo" (Epistolario, Carta n. 141: A don Giovanni de’ Sabbatini). Al fraile dominico Bartolomeo de Dominici solía dirigirse con estas palabras: "Dilectísimo y queridísimo hermano e hijo en el dulce Jesucristo".

Otro rasgo de la espiritualidad de Catalina está ligado al don de las lágrimas. Estas expresan una sensibilidad exquisita y profunda, capacidad de conmoción y de ternura. No pocos santos tuvieron el don de las lágrimas, renovando la emoción del mismo Jesús, que no reprimió ni escondió su llanto ante el sepulcro del amigo Lázaro y al dolor de María y de Marta, y a la vista de Jerusalén, en sus últimos días terrenos. Según Catalina, las lágrimas de los Santos se mezclan con la Sangre de Cristo, de la que ella habló con tonos vibrantes y con imágenes simbólicas muy eficaces: “Tened memoria de Cristo crucificado, Dios y hombre (…). Poneos por objetivo a Cristo crucificado, escondeos en las llagas de Cristo crucificado, ahogaos en la sangre de Cristo crucificado" (Epistolario, Carta n. 16: A uno cuyo nombre se calla).

Aquí podemos comprender por qué Catalina, aún consciente de las debilidades humanas de los sacerdotes, hubiese tenido siempre una grandísima reverencia por ellos: ellos dispensan, a través de los Sacramentos y la Palabra, la fuerza salvífica de la Sangre de Cristo. La Santa de Siena invitó siempre a los sagrados ministros, también al Papa, a quien llamaba “dulce Cristo en la tierra", a ser fieles a sus responsabilidades, movida siempre y solo por su amor profundo y constante por la Iglesia. Antes de morir dijo: “Partiendo del cuerpo yo, en verdad, he consumido y dado la vida en la Iglesia y por la Iglesia Santa, lo cual me es de singularísima gracia" (Raimundo de Capua, S. Caterina da Siena, Legenda maior, n. 363).

De santa Catalina, por tanto, aprendemos la ciencia más sublime: conocer y amar a Jesucristo y a su Iglesia. En el Diálogo de la Divina Providencia, ella, con una imagen singular, describe a Cristo como un puente lanzado entre el cielo y la tierra. Está formado por tres escalones constituidos por los pies, el costado y la boca de Jesús. Elevándose a través de estos escalones, el alma pasa a través de las tres etapas de todo camino de santificación: el desapego del pecado, la práctica de las virtudes y del amor, la unión dulce y afectuosa con Dios.

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos de santa Catalina a amar con valor, de forma intensa y sincera, a Cristo y la Iglesia. Hagamos nuestras para ello las palabras de santa Catalina que leemos en el Diálogo de la Divina Providencia, en la conclusión del capítulo que habla de Cristo-puente: "Por misericordia nos has lavado en la Sangre, por misericordia quisiste conversar con las criaturas. ¡Oh Loco de amor! ¡No te bastó encarnarte, sino que quisiste también morir! (...) ¡Oh misericordia! El corazón se me ahoga al pensar en ti: a dondequiera que me vuelva a pensar, no encuentro sino misericordia" (cap. 30, pp. 79-80). Gracias.

[En español dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de Chile, España, México, República Dominicana y otros países latinoamericanos. Siguiendo el ejemplo y la enseñanza de Santa Catalina de Siena, os invito a todos a amar a Cristo y a la Iglesia con un amor cada vez más intenso y sincero. Muchas gracias.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]