domingo, 16 de abril de 2017

Domingo de Pascua 2017




En distintos momentos advierte Jesús que aceptar su doctrina reclama la virtud de la fe por parte de sus discípulos. Lo recuerda de modo especial a sus Apóstoles; a aquellos que escogió para que, siguiéndole más de cerca todos los días, vivieran para difundir su doctrina. Serían responsables de esa tarea, de modo especial, a partir de su Ascensión a los cielos, a partir del momento en que ya no le vería la gente, ni ellos contarían con su presencia física, ni con sus palabras, ni con la fuerza persuasiva de sus milagros. Metidos de lleno en la Pascua –tiempo de alegría porque consideramos la vida gloriosa a la que Dios nos ha destinado–, meditamos en la virtud de la fe, le decimos al Señor como los Apóstoles: auméntanos la fe: concédenos un convencimiento firme, inmutable de tu presencia entre nosotros y, por ello, de tu victoria, por el auxilio que nos has prometido. Que nos apoyemos en tu palabra, Señor, ya que son las tuyas palabras de vida eterna. Así lo declaró Pedro, cabeza de los Apóstoles, cuando bastantes dudaron y se alejaron: ¿A quién iremos? –afirmó, en cambio, el Príncipe de los Apóstoles– Tú tienes palabras de vida eterna. A poco de haber convivido con Jesús, todos comprendían que merecía un asentimiento de fe. Si tuvierais fe... Creed..., les animaba el Señor. Era necesario, sin embargo, afirmar su enseñanza expresamente, recordarla y establecerla como criterio básico de comportamiento. Era fundamental tener muy claro que si podían estar seguros, al declarar su doctrina infalible e inefable, era por ser doctrina de Jesucristo: el Hijo de Dios encarnado. Todos fueron testigos de los mismos milagros y escucharon las mismas palabras, con idéntica autoridad, con el mismo afán de entrega por todos; y, sin embargo, solamente Pedro es capaz de confesar expresamente la fe que Jesús merece: ¿A quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna, delara el Apostol y Jesús confirma. Y lo que es de Dios, es para siempre: el Cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán, nos aseguró. Queremos tener un convencimiento como el que espera Jesús, como ese que echa de menos en los dos Apóstoles que hoy nos presenta san Lucas, desencantados –con motivo, podríamos pensar– porque habían sido testigos de lo que consideraban el fracaso de Cristo: en quien confiaban, había sido finalmente derrotado. Jesús había muerto, como uno más, a pesar de sus muchos milagros anteriores, a pesar de que tantas veces había escapado incólume de unos y de otros, a pesar de aquella majestad que le era connatural y que había admirado a todos. Con su muerte, sin embargo, todo lo anterior quedaba en entredicho y el desencanto bloqueaba a los suyos y hacía felices a sus adversarios. Pero hoy, por el contrario, se nos presenta Jesús glorioso y vivo como nunca. Con una vida definitivamente inmortal. Esa vida humana y para la eternidad, a la que nos llama reclamando nuestra fe: nuestro asentimiento incondicionado interior y exteriormente; es decir, también con nuestra conducta, con obras que manifiesten nuestra adhesión y confianza en Dios. Son las obras y la conducta de aquellos dos, una vez convencidos de la resurrección. A pesar de la hora y del desánimo de un rato antes, vuelven a Jerusalén porque es preciso hacer justicia al Señor y a su doctrina. No hay tiempo que perder. En un momento, han recobrado el ánimo; y la presencia de los otros Apóstoles reunidos, que también sabían ya por la aparición a Pedro de Jesús resucitado, se lo confirma. Con los Doce está María, la madre de Jesús y Madre nuestra, que persevera en oración junto a los discípulos de su Hijo. Ella, que recibió la alabanza de su prima Isabel: bienaventurada tú que has creído..., nos conducirá, si se lo pedimos, a una fe inconmovible para vivir de las verdades que nos ha manifestado Cristo; las únicas que conducen a la intimidad de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo: la vida a la que nos llama Nuestro Padre Dios en Cristo.

viernes, 14 de abril de 2017

Vía Crucis narrado por JESÚS 2017




Este Vía Crusis es narrado por JESÚS; dejando una breve reflexión en cada una de las estaciones (EL TEXTO ES FICCIÓN)

sábado, 8 de abril de 2017

Ante el éxito y ante el fracaso, la misma actitud


Ambos son impostores, por tanto indiferencia

Tal vez la fama y el poder, el éxito y el reconocimiento, mueven con demasiada fuerza el corazón del hombre. No quiero que la fama y el poder sean el objeto de mis sueños.

El otro día leía una reflexión interesante de Pedro Luis Uriarte: “Dejé el banco porque de tanto respirar incienso, la persona se estaba muriendo aplastada por el personaje. El poder es la droga por excelencia, te cristaliza el corazón, te cambia como persona. Después de años de éxitos tenía que parar. Cuando estás a máxima presión tienes poder, todo te ha salido bien, tienes tal seguridad en ti mismo que te conviertes en una máquina que va anulando a la persona”.

No quiero que el personaje consuma a la persona. Ni que el poder sea la obsesión de mis pasos. No quiero que la fama y el reconocimiento sean ese poder que sostenga mi vida.

Tengo claro que el poder permite cambiar el mundo. ¡Qué sutil su atracción! ¡Cuánta fuerza tiene! Tira con pasión de las fibras de mi alma. El poder parece hacer posible el cambio. El poder me lo dan el conocimiento, el reconocimiento, el éxito, los logros.

Siempre quiero hacerlo todo bien, tener éxito. Lo tengo claro. Tal vez es la semilla de perfeccionismo que hay en el alma humana. El deseo de triunfar en todo. Ser el primero. Vencer todos los obstáculos. Ganar siempre.

Travis Bradberry habla de una actitud tóxica: “La perfección equivale a éxito. Los seres humanos, por naturaleza, son falibles. Si tu objetivo es la perfección, siempre te quedará sensación de fracaso y acabarás perdiendo el tiempo en lamentarte por no haber logrado lo que te proponías, en vez de disfrutar de lo que sí has podido conseguir”.

¡Qué importante es educarme y educar a otros en la tolerancia frente a los fracasos! Todos vamos a fracasar tarde o temprano. Decía un entrenador de fútbol: “Sólo en el diccionario éxito está antes que trabajo”.

El verdadero éxito en la vida es trabajar sin descanso pensando en la meta. Caerme y volverme a levantar sin demora. Tropezar una y otra vez sin dejar de soñar. Alzar la mirada a lo alto cuando la tentación es permanecer estancado en mi tristeza.
¡
Cuánto bien me hace la humildad de las caídas! Porque corro el riesgo de caer en la vanidad cuando me creo capaz de todo.

El otro día leía: “Cuanto más nos revestimos de gloria y honores, cuanto mayor en nuestra dignidad, cuanto más revestidos estamos de responsabilidades públicas, de prestigio y de cargas temporales como laicos, sacerdotes u obispos, más necesidad tenemos de avanzar en la humildad y de cultivar cuidadosamente la dimensión sagrada de nuestra vida interior, procurando constantemente ver el rostro de Dios en la oración”[1].

Mirar hacia dentro. No buscar continuamente la aprobación del mundo. El eco de mis palabras, de mis gestos. Quiero vivir dándolo todo, porque el trabajo es la clave de una vida lograda, plena y feliz.

No el éxito. Sí el trabajo y la entrega. No el hacerlo todo bien. Sí el intentarlo siempre luchando hasta el final. Sin pensar que no es posible.

No deseo la fama como meta de mi felicidad. No deseo el reconocimiento de todos en todo lo que hago. Esa tentación tan subconsciente me acaba pasando factura.

No quiero dejarme llevar por ese sabor agridulce que dejan las victorias. Siempre, detrás de una victoria, está el deseo de volver a triunfar. Es una cadena que nunca se termina. Siempre puedo lograr más, alcanzar más metas, realizar más gestas.

Puede ser que el personaje que quiero representar me coma por dentro. Pierdo la sensibilidad. 

Dejo de mirar a Dios porque me creo capaz de todo. Y eso no es posible. No puedo yo solo cargar con el peso del mundo.

Necesito volverme hacia mi interior. Descansar. Necesito ahondar en lo más profundo de mi alma.  
Necesito ver el rostro de Jesús y descubrir en él mi verdad. Soy necesitado. Soy vulnerable. No lo puedo todo.

Quiero descansar en la barca de Jesús. Y aprender a vivir el fracaso con paz. ¿Dónde está el umbral de mi tolerancia ante los fracasos?

Hay personas aparentemente maduras que no saben reaccionar ante la más mínima contrariedad que encuentran en el camino. Se frustran. Se enfadan. Se alejan de los hombres. El umbral de tolerancia es muy bajo. Ante la más mínima frustración reaccionan de forma inmadura. No quiero ser así.

Quiero tener una gran tolerancia ante el fracaso. Para poder tratar al éxito y al fracaso como lo que son, dos impostores. Como decía Rudyard Kipling: “Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia”.

No es fácil tolerar bien la fama sin caer en la vanidad. Resistir bien los éxitos sin dejarme llevar por la prepotencia. Y no es fácil resistir las derrotas sin hundirme. Sin desfallecer en la lucha. Sin desesperar.  
Tiene mérito ser capaz de levantarme después de una caída. Y luchar siempre. Hasta el final de la vida. 

[1] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 33

sábado, 1 de abril de 2017

40 niñas quemadas vivas en Guatemala: 40 bocas silenciadas

Erick Colop - Citizenside-AI




Un sacerdote pide que se investigue quién está detrás de estas muertes

«Pero padre, ¿está seguro de que puedo publicar esto?». «Sí, necesitamos que nos ayudes a denunciarlo, que exista presión a nivel internacional para que se esclarezcan los hechos». El sacerdote guatemalteco Sergio Godoy se pregunta cómo puede ser que en menos de una hora un promedio de 30 niñas fallecieran carbonizadas el pasado 8 de marzo en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción sin que nadie las auxiliara.
Se pregunta por qué la Policía, que estaba en las inmediaciones, «no se movilizó para romper el candado que había en la habitación de las muchachas». Dicen en su defensa que el policía con la llave no estaba en ese momento, pero ¿quién no rompe un candado para salvar a unas niñas?». Godoy se pregunta también por qué «no se permitió la intervención de los bomberos», algo que pone en evidencia «un crimen de lesa humanidad». En ese hogar, mal llamado seguro «había violaciones, torturas, trata de personas, y niñas embarazadas». Alguien está afanándose para que la verdad no salga a la luz. Su hipótesis es que el crimen organizado está detrás del suceso.
El Hogar Seguro Virgen de la Asunción hacía tiempo que era un depósito de «niños descartados», utilizando «el mismo lenguaje del Papa Francisco». El padre Sergio Godoy, sacerdote guatemalteco coordinador del programa Comunidad Esperanza y socio local de Manos Unidas, describe el centro como un lugar donde iban a parar «chicos y chicas en conflicto con la ley, menores de edad enviados por jueces dada la situación de maltrato y abusos en el ámbito familiar, huérfanos y niños con necesidades especiales». En este lugar, donde vivían casi 750 menores aunque su capacidad era para 400, «no se tenían en cuenta ni las condiciones del menor ni el rango de edad», y estaba gestionado por personas sin vocación ni capacidad».
Este caldo de cultivo convirtió el hogar seguro en un foco «de corrupción donde se permitía la mala alimentación –hay niños que llevaban tiempo denunciando a la Procuraduría de Derechos Humanos de Guatemala que estaban comiendo alimentos con gusanos– el maltrato, la trata de personas y los abusos sexuales», lo que llevó a la rebelión a las niñas, separadas de los niños por pabellones.

Nadie abrió el candado

Todo ocurrió el 8 de marzo. Los responsables del centro abrieron la puerta para que las menores se marcharan, «supongo que por estar hartos de sus quejas». Pero poco después «recapacitaron sobre las consecuencias que podría tener la salida de las chicas y llamaron a la Policía para que sofocara la rebelión». De este encontronazo, afirma el padre Godoy, «hay fotos de niñas tiradas por el suelo y tratadas de forma indigna».

La Policía devolvió a las jóvenes al hogar, «encerrándolas en una habitación demasiado pequeña para la cantidad de chicas que había. Un contingente de alrededor de 100 agentes rodeó la casa y puso un candado a la habitación». Fue en ese momento cuando se desató la tragedia: una de las niñas prendió fuego a una colchoneta en señal de protesta y provocó la muerte de 40 compañeras. «30 de ellas murieron carbonizadas en un espacio muy corto de tiempo». Las otras diez han fallecido después, en hospitales guatemaltecos, «porque no han sido bien atendidas. Hay una niña que falleció a causa del dolor, porque nadie le dio analgésicos para aliviarla y entró en shock», denuncia el sacerdote. Ante esta situación, Manos Unidas ha ayudado en este primer momento dando respuesta a las necesidades más inmediatas solicitadas por el padre Sergio Godoy.

Diversos representantes de la sociedad civil han presionado a las instancias gubernamentales para que las menores pudieran salir de los hospitales públicos. «Gracias A Dios, dos niñas fueron enviadas a EE. UU. para ser tratadas, pero una abogada que acompaña el caso me informó hace unos días de que, en Guatemala, un hospital privado subvencionado por los fondos de cooperación internacional españoles pedía 300.000 quetzales por tratar a cada chica. Esto hay que pedir que se investigue y se denuncie».

Cinco niñas desaparecidas

Otra de las preocupaciones del padre Sergio Godoy son las cinco niñas que desaparecieron en extrañas circunstancias tras el incendio. «Fue difícil determinar que faltaban chicas, porque no había ningún registro que certificase el número exacto de jóvenes en el hogar». Pero un informante anónimo dio un chivatazo días después del supuesto accidente, y las menores aparecieron en un hospital psiquiátrico de adultos. «Alguien las había escondido, y las niñas estaban con quemaduras de segundo grado sin ser tratadas».

La periodista pregunta con estupor el motivo. «Hay varias hipótesis, pero no se sabe nada de manera oficial. Todo apunta a gente ligada al crimen organizado, al narcotráfico y a la trata de personas». El motivo de hacer desaparecer a las chicas podría ser porque «probablemente sepan los nombres de los autores de los abusos y la trata de personas». De hecho, añade el sacerdote, «una enfermera anónima ha declarado que alguien le pidió que desconectaran los aparatos en su hospital para que las chicas no sobrevivieran».

No son las únicas muertes

«Casualmente» –y hace hincapié el sacerdote para que lo entrecomille–, unos días después del accidente hubo otro motín en un centro de menores cercano al Hogar Seguro Virgen de la Asunción.

«Los chicos internos, entre los que había pandilleros, provocaron la muerte de cuatro de los monitores». Además, la noche de este lunes «fueron atacadas simultáneamente varias estaciones de la Policía que dejaron seis agentes muertos».

Para el sacerdote, «es la misma mano la que crea estos escenarios para generar una crisis institucional seria, porque favorece a los intereses del crimen organizado o de un sector político de extrema derecha». El objetivo de orquestar esta cadena de sucesos «es distraer a la opinión pública y desequilibrar al Gobierno», aunque, recalca, «está lleno de incompetentes».

Se necesita una nueva propuesta de ley

Mientras se esclarecen las oscuras circunstancias de estas muertes, el sacerdote pide a su país que, al menos, «se elabore una nueva propuesta de ley sobre la protección de menores». La última, de 2007, «no es aplicable en el día a día, porque no hay recursos públicos para pagar a gente preparada y competente. El sistema está diseñado mal, pero tampoco se han buscado otras salidas», advierte.

Quienes «lo hemos hecho mejor hemos sido las instituciones de la Iglesia y organizaciones sin ánimo de lucro, que contamos con profesionales mejor preparados. Por eso, en la nueva legislación, «es importante que se incluya la necesidad de que el Estado tenga en estas instituciones aliados para acompañar adecuadamente a los menores. No todo debe centralizarse en las instancias públicas, porque eso favorece la corrupción. Los niños tienen que ser el centro de las políticas».

La noche del martes, cientos de guatemaltecos acudieron a las vigilias de oración por las víctimas y por la paz en Guatemala organizadas en diversas ciudades y ante las embajadas en otros países.
«Estamos al borde de la crisis institucional», sentencia el padre Sergio Godoy.
 
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sábado, 25 de marzo de 2017

Mujer: compañera, madre y transformadora de la sociedad


"Fiat": El amor en femenino

Decir “sí” a nuestra máxima vocación como mujeres en estos tiempos no es fácil. Por esto es importante contemplar el fiat (hágase) de María cuando se le anunció que iba a ser madre. ¿Cómo fue su respuesta ante el anuncio del Ángel? “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).
El fiat de María es el sí más absoluto que podía salir de ella. Manifestaba la grandeza en sí como mujer y la calidad de su corazón así como su compromiso con la sociedad. Dice que se haga, no un “lo pensaré”. Necesitamos volver a Nazaret y contemplar al modelo de mujer que hemos heredado nosotras las cristianas.
Contemplar a la Santa Virgen para muchas mujeres es como contemplar a una mujer más allá de las propias posibilidades. Cuando en realidad, María representa todo lo que nosotras las mujeres modernas de hoy podemos llegar a ser como compañeras, madres y transformadoras de la sociedad.
Compañeras: que se traduce en sostenimiento y apoyo. Y para poder serlo hay que estar una misma bien asentada; pero esto sólo es posible si interiormente todo está en orden debido y descansa en equilibrio. No podemos aspirar a ser sostenimiento y apoyo de un esposo si no hay paz interior y armonía en nuestro mundo íntimo. Por esto es tan importante que volvamos y examinemos si somos mujeres de oración. La oración, como decía la Madre Teresa de Calcuta, es como la gasolina para los automóviles. Sin esta, el carro no funciona, incluso aunque todo su exterior e interior esté perfecto.

Sucede lo mismo en nosotras, la oración es lo que hace que nuestro cuerpo funcione óptimamente. Con una capacidad que sólo puede venir a través de esos minutos a solas conmigo y mi Padre Dios.

Prepara todo nuestro sistema nervioso y espiritual para la entrega.
Ser madre: es proteger, custodiar y llevar a su desarrollo la humanidad verdadera. Sí, esto es ser madre, podemos resumir en una palabra tomada de Carmen Balmaseda en su libro, La Mujer Frente a sí misma que, en definitiva, si soy mamá, “estoy atenta”. ¿Estoy educada para ello? ¿Cuál es mi actitud hacia la persona? ¿Qué es el hombre, el hijo, la sociedad para mí?¿Cómo es la calidad del amor que brindo?


Realización:

Según la Carta apostólica de san Juan Pablo II La Dignidad de la Mujer, la virginidad y la maternidad son dos dimensiones particulares de la realización de la personalidad femenina.

La mujer encuentra y experimenta una plena realización de su ser al convertirse en potencialmente portadora de la vida. Por esto es que se hace tan necesario volver a la pregunta ¿qué es el hombre, el hijo, la sociedad para mí? ¿Soy consciente que el hombre es el único ser de la creación que Dios a amado por sí mismo?

Esto nos hace ver que también yo decido por mí misma y encuentro mi propia plenitud y felicidad en la entrega a los demás. Ser madre es entregarse, es abrirse, es elevarse a otra dimensión. La del fiat, la de la generosidad. Ser esclava, “porque a mí me da la gana” y al hacerlo no sentirme de la época pasada. Es la pura manifestación del amor, y el amor es el área en donde los valores son especialmente realizables.

San Agustín decía: mi amor es mi peso; por él voy dondequiera que voy; amor es gravitación hacia lo amado. ¿Hacia dónde estoy gravitando yo como mujer? ¿Cómo es mi apostolado hacia aquellas mujeres que se cierran hacia el don de la vida? ¿Pienso que no es mi problema? Y si ya soy madre,

¿cómo está siendo mi entrega?

Cada minuto que pasa, cada segundo es una oportunidad en el tiempo que se nos da para brindar lo mejor de nosotros mismos. San José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, escribía en su libro Camino: cumple el pequeño deber de cada momento. Haz lo que debes y está en lo que haces.

Por esto no debemos olvidar que cuando estamos al cuidado de nuestros hijos, estamos escribiendo una novela, una historia personal que quedará grabada en lo más profundo de sus corazones. Si soy madre debo sentirme plenamente realizada y esto se verá en mi apertura para con mis hijos porque realmente “estaré” con ellos y para ellos.


Entrega:

La entrega es tener la valentía de renunciar a ser egoísta y decir sí al amor y los cuidados que vienen de la mano con el hijo. La entrega es estar dispuesta a quedarse en casa y desarrollar los seminarios de relaciones humanas que sabemos serán los más importantes de su vida.

La verdadera entrega te lleva a renunciar a las ganas de brillar; a quedarse con esa criatura o criaturas las 24 horas del día y abrazada a ese trabajo escondido y enseñar lo que es el amor, un término sublime tan maltratado en nuestros días. No se enseña con palabras, mucho menos inscribiendo a nuestros hijos en los mejores colegios. Se enseña con el “sí, el fiat”.

La felicidad es una meta natural en el hombre, pero esta es una consecuencia. La felicidad se encuentra en la atención a otro ser humano. Al tener nuestra atención desde nuestro mismo fondo y desde nuestro corazón, podremos experimentar ese gozo espiritual que se llama alegría.

Es la serenidad silenciosa que descansa en el fondo de cada una al ejecutar con amor total la tarea de cuidar, formar, iluminar el conocimiento y las ventanas del entendimiento hacia la experiencia de ser un ser humano.

Conocedoras de esto, el aburrimiento que viene con la rutina será más fácil de sobrellevar porque sabremos que en todo momento estamos siendo útiles; sembradoras de nuestras propias tierras.
Dios nos hace “ver”claramente que las citas de negocios se convierten en visitas al doctor y se disfrutan lo mismo. Los compromisos de eventos y fiestas se convierten en compromisos de paseos y entretenimientos para la educación intelectual y motriz de los niños y nos llevan a nosotras mismas a un aprendizaje diferente. El traje sastre y los zapatos de tacón vienen a ser sustituidos por camisetas blancas y un par de blue jeans.

¡Qué profesionales somos al quedarnos en casa!, !Desarrollando el prestigio más importante y sublime de todos en donde “la justicia y la paz se abrazan” al pronunciar aquel sí, gracias al cual “la tierra da su fruto”.

Por Sheila Morataya-Fleishman
 
Fragmento de un artículo publicado originalmente por Encuentra.com
 
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sábado, 18 de marzo de 2017

4 consejos para tu cuidado espiritual

Eli Defaria | Unsplash

Deja ir la ansiedad, la negatividad y la culpa con estas sencillas técnicas de salud espiritual

No importa en qué momento estemos de la vida, ya estemos profundizando en nuestros estudios o dejando a los niños en el colegio, todas podemos coincidir en que encontrar tiempo para cuidar de nosotras mismas es de vital importancia.
Sin embargo, aunque todas lo sabemos, la mayoría de las mujeres dedicamos tiempo de forma regular a nuestro cuidado y atención personal. En vez de eso, nos ponemos a nosotras mismas en un segundo plano y cuidamos primero de las necesidades de todos los demás. Y aunque pueda ser heroico a veces, también es perjudicial; es dañino para la salud pasar por alto las necesidades de nuestro cuerpo.
Así que cuando leí hace poco las reflexiones de Natascha Chtena sobre el cuidado personal, sentí que me estaban abriendo los ojos. Al instante me di cuenta de que su consejo era algo que muchas mujeres (yo incluida) necesitamos profundamente: sobre cómo aliviar nuestros sentimientos de culpa y cómo animarnos a tratarnos mejor. Puede que Natascha todavía esté sacándose el doctorado en estudios sobre información, pero a mí ya me está enseñando algunas lecciones de gran valía.
Según escribe: “En esta cultura tan acelerada, ¿cómo podemos mejorar en nuestro cuidado personal, física, mental y espiritualmente? A menudo escuchamos consejos como ‘come comida de verdad’, ‘haz ejercicio regularmente’ y ‘duerme lo suficiente’, pero creo que la cuestión va más allá”. Y entonces continúa ofreciendo una serie de consejos sobre cómo practicar la compasión con nosotras mismas, especialmente cuando nos sentimos frustradas o agotadas.
Aunque Natascha dirige sus ideas sobre el cuidado personal a sus compañeras estudiantes universitarias, sinceramente creo que sus consejos podrían aplicarse a cualquier mujer en cualquier etapa de su vida.
Aquí encontraréis cuatro consejos, adaptados de la lista de Natascha, que se centran más en los aspectos espirituales de tratar a todo vuestro ser, tanto físico como espiritual, con bondad.

Ten misericordia de ti misma

A veces puede resultar más sencillo tener compasión de los demás que de una misma. Es posible que estés dando a otras personas segundas, terceras o incluso infinitas oportunidades, pero a tus propias acciones y pensamientos les das muy poco margen de error. Cuando cometes errores, ¿los reproduces una y otra vez en tu cabeza y encuentras nuevos detalles cada vez en los que también ves que te has equivocado? Es un sentimiento común, pero no es saludable.
El primer paso en el cuidado espiritual es darse cuenta de que todas cometemos errores y no pasa nada por no ser perfectas. Si eres creyente, ten siempre en mente que Dios es más grande que nuestros errores y problemas. Y el primer paso para aceptar Su perdón es ser misericordiosas con nosotras mismas y reconocer que necesitamos ayuda con nuestro propio cuidado concediéndonos permiso para ser humanas.

Al final de cada día, haz memoria de las cosas buenas que tienes

A veces la vida es tan ajetreada que el único momento que le queda a una para pensar sobre una misma es a final del día, tumbada en la cama. Puede ser fácil caer en un hábito de negatividad, castigándote con minuciosidad por todo lo que has hecho mal ese día y pensando en lo que podrías haber hecho mejor.
En vez de eso trata de pensar en las veces que has sido bendecida a lo largo del día. No tienen por qué ser momentos extraordinarios. Pueden ser cosas sencillas, como una avenida con todos los semáforos en verde camino del trabajo, o que tu marido haga la cama por la mañana. Aquí tienes una forma sencilla para empezar: comparte en tu perfil de redes sociales las pequeñas cosas por las que te sientes agradecida cada día.
Cuando eres capaz de encontrar dicha hasta en los momentos más pequeños, estás aprendiendo a encontrar la bondad y la gratitud en todos tus días. Y después de toda esa práctica viendo lo bueno de la creación, puede resultarte más fácil aprender a aplicar esa lente de bondad y gratitud para ti misma. Y cuando te sientas mejor contigo misma, estarás más dispuesta a hacer cosas que son buenas para tu cuerpo, como hacer ejercicio físico y mantener una buena alimentación.

Sé consciente de que eres única

¿Crees en Dios? Él cree que eres inteligente. Sabe que eres única y que no hay nadie más como tú. Él pensó en ti desde el origen de los tiempos. Nunca eres demasiado para Él y siempre eres suficiente para Él. Él te creó y llamó buena. Vales más que tus días malos y que tus días de desmoronamiento y de llorar en el suelo del baño. Todas hemos pasado por ahí, y Él nos ama. En los días que te centres en tu cuidado, no olvides centrarte en el que más cuida de ti y te ama y te conoce más que tú te amas y te conoces a ti misma.

No te sientas culpable por tomar un día libre

En su libro Tiempo para Dios, el sacerdote Jacques Philippe explica: “Es un punto digno de destacar. La oración mental no debería verse como algo excepcional, algo que se hace en un tiempo arrebatado a otras actividades, sino que debería convertirse en un hábito, parte del ritmo normal de nuestras vidas, de forma que su lugar nunca se cuestione, ni siquiera un día”.
El tiempo que pasamos alejadas del estrés de la vida diaria no es algo por lo que debamos sentir vergüenza o culpa. De hecho, ese tiempo al margen es esencial para nuestro bienestar y cuidado personal. Según prosigue el sacerdote Jacques Philippe: “La oración mental debería convertirse en un acontecimiento diario tan vital para nosotros como el ritmo básico de la existencia. Debería ser la respiración de nuestras almas”. No te sientas culpable por querer tomarte un tiempo de descanso y dejar que tu alma, simplemente, respire.
 
 
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domingo, 12 de marzo de 2017

¡Cuidado mujer, los abusadores sí existen!

Tienen tanta labia y pueden ser tan encantadores que hasta la más inteligente puede caer en la trampa