sábado, 16 de marzo de 2019

Bioética en el final de la Vida

Si bien el término

Por: Dra. Ma. Elizabeth de los Ríos Uriarte | Fuente: Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II



A menudo escuchamos historias en donde las personas han caído en situaciones irremediables que generan confusión y desánimo. Situaciones en donde el final de la vida se hace latente y requiere tomar decisiones rápidas pero acertadas.

La muerte constituye uno de los más grandes misterios de nuestra humanidad, representa un fenómeno a la vez fascinante por la liberación de los sufrimientos terrenales y por el sentido de trascendencia que emana de nuestra condición humana pero al mismo tiempo despierta temor y sentimientos de soledad y desasosiego.

Pensar con claridad y objetivamente cuando nos enfrentamos al fin de nuestras vidas o de las vidas de quienes queremos resulta muy complicado ya que, generalmente, son nuestros sentimientos los que se vuelcan por completo. Por ello conviene tener ciertas nociones claras que nos permitan hablar abiertamente del tema, conocer qué opciones quisiéramos en caso de caer en una situación irreversible y de franco deterioro, anticipar deseos y optar por aquello que va acorde con nuestra jerarquía de valores.

De igual forma hay que estar alertas de los distintos discursos que los medios de comunicación presentan respecto de algunos conceptos como vida y muerte, sobre todo cuando a estos se les agrega el adjetivo de “digno” ya que, en aras de procurar la mayor aprobación, pueden engañar o disfrazar prácticas que no son éticas. Una vez más, conviene por ello aclarar algunos conceptos.

La muerte es un fenómeno biológico, social, espiritual que determina el límite de la vida física de una persona y su existencia espacio-temporal. Hay que recordar que la persona es un espíritu encarnado en un cuerpo y ese cuerpo es material, por ende, sujeto a las leyes del tiempo y del espacio, corruptible y, en consecuencia, finito. La muerte sobreviene, entonces, con


Por su parte la muerte natural es sucesión del cese de las funciones vitales de una persona que sobreviene sin intervención humana directa. Aquí se está haciendo referencia al proceso natural de la vida humana en que la muerte sobreviene igualmente de forma natural sin acelerarla ni distanciarla, simplemente dejando que el límite físico al que está expuesto nuestro cuerpo aparezca en el momento en que sea inminente.

 Un tercer término es el de muerte digna: término acuñado para procurar librar de los sufrimientos físicos a un paciente declarado como enfermo terminal. Cabe mencionar aquí que si bien la palabra “digno” hace referencia a una cuestión propia del ser humano, cuando se aplica a otros procesos como, en este caso, a la muerte, puede tener significados variados, de ahí que tengamos en cuenta el ámbito en que se nombra y se usa pues su signifcado cambiará según la intención con que se use.

Una vez establecida la diferencia entre estos conceptos pasemos ahora a describir el problema bioético del fin de la vida, muchas veces derivado en la práctica de la eutanasia.

Si bien el término “eutanasia”, etimológicamente significa “buena muerte”, no ha sido usado así en la práctica. Se ha entendido más bien, como un acto que libra de sufrimientos y de dolor a quien se encuentra en una condición irremediable. Normalmente se entiende por “irremediable” una enf,erdad catalogada como “terminal”, es decir, una condición incurable que, se define, fundamantalmente, por un diagnóstico de vida inferior a seis meses.

Ante esye escenario es fácil encontrar discusiones en torno a la posibilidad de realizar un acto de eutanasia. Los argumentos que se dan suelen redundar en que, en cualquiera de las posibilidades, la persona se encuentra sufriendo y padece de mucho dolor, su calidad de vida se ha vist mermada, se ha alterado la dinámica faniliar, los costos de su tratamiento son muy elevados, no hay medicinas ni acceso a servicio de salud adecuados, etc. Por todo ello, argumentan, conviene ponerle fin a su vida procurándole una “buena muerte”.

Así, podemos definir la eutanasia como un “acto que procura la muerte de una persona a fin de librarlo de sus sufrimientos”. Lo importante radica en la intención de ponerle fin a la vida de la personal es decir, se piensa, desde un principio en que la muerte lo librará de los padecimientos y, por ende, se procura ésta.

Ahora bien, es preciso decir también que la eutanasia ésta puede clasificarse en activa o pasiva. Será activa cuando el médico o quien quiera producir la muerte del paciente, realiza acciones que, directamente provocan la muerte de una persona. Estas acciones no son indicadas médicamente ni forman parte del conjunto de acciones que se están realizando para reestablecer o estabilizar la pciente sino que, justamente, por situarse fuera de la gama de actividades médicas, provocan el efecto fatídico de la muerte del paciente.

Un ejemplo de esto sería quien inyecta deliberadamente una dosis letal de un medicamento a un paciente o quien retira un ventilador cuando la persona lo necesita a causa de su condición.

Por su parte la eutanasia pasiva será aquella en donde se suspendan o dejen de realizar actividades que sí están indicadas médicamente o bien simplemente aquellas acciones que serían indispensables para mantener con vida a un paciente tales como la alimentación y la hidratación.

De esta manera, aunque el resultado es el mismo: la muerte de una persona, la circunstancia en que se llega a este resultado puede ser variada. Por su parte, de igual forma, se puede clasificar la eutanasia en voluntaria, no voluntaria e involuntaria.

La eutanasia voluntaria es aquella que se realiza cuando el paciente así lo ha consentido. Puede ser que esté consciente y que lo solicite expresamente o bien que haya dejado algún documento en donde haya especificado que eso es lo que hubiera querido. Por su parte, la eutanasia involuntaria es la que se realiza aún a pesar de que el paciente no lo ha solicitado ni expresado.

Por último la eutanasia no voluntaria es cuando se provoca la muerte de pacientes que se encuentran inconsicentes y que no se conoce lo que éstos hubieran deseado, es decir, no es posible identificar cuáles hubieran sido sus deseos.

Como se observa con las definiciones anteriores, se abre la puerta a que se provoquen muchas muertes de pacientes por creer que se encuentran sufriendo cuando estas decisiones responden más a emociones que a razones sólidamente fundadas.

Así pues, el proceso de fin de vida implica dilemas importantes en donde se cuelan desde artilugios lingüísticos tanto emociones cambiantes que pueden alterar una correcta toma de decisiones, por ende, resulta indispensable conocer y estar informado respecto de estas cuestiones.

sábado, 9 de marzo de 2019

Mujeres que supieron “hacer lío” en la Iglesia y el mundo



Hay quienes dicen que la mujer no tiene roles importantes en la Iglesia. Sin embargo, desde el inicio del cristianismo hasta la actualidad, Dios ha suscitado mujeres que han orientado al Pueblo de Dios, influyendo también el curso del papado. Conozca a nueve mujeres que supieron hacer “lío” en la Iglesia.

sábado, 2 de marzo de 2019

8 consejos para mejorar la comunicación en pareja

Si alguien quiere que su matrimonio funcione, lo más importante que debe suceder es la comunicación.


Por: Fernando de Navascués | Fuente: www.somosrc.mx




Acabo de leer una historia preciosa. Una historia en la que un hombre lleva 40 años escribiendo cartas a diario a su mujer. Son postales, pequeñas notas, misivas más extensas… No son un resumen del día, como si se tratara de un diario, sino una oportunidad diaria de decir a su mujer: “Te quiero”.


Él se llama Bill Bresnan y tiene 74 años. Su mujer, la afortunada receptora de tanta correspondencia, Kristen. Bill explica que comenzó esta costumbre cuando eran novios, aunque al principio no era todos los días. Pero ya en los años 80, la costumbre se volvió un hábito y una necesidad matrimonial.


Todas las cartas concluyen con un: “Yo te amo, mi amor es un signo de infinito”. Hasta ahora, y esperemos por muchos años, Kristen ha cuidado cada mensaje, los ha organizado y ya ocupan 25 cajas.


Hasta aquí la historia, y la moraleja es clara: comunicación, comunicación y comunicación. 

Es una de las bases más importantes e imprescindibles de cualquier relación exitosa, y más si se trata de una en la que cada uno pone en juego su persona, su amor y sus sentimientos.


Si alguien quiere que su matrimonio funcione, como me dijo un sacerdote hace ya algunos años, lo más importante que debe suceder es la comunicación. No es cuestión de estar siempre de acuerdo, sino de saber qué hay en el corazón y en la cabeza del otro. Abrir el corazón y los pensamientos a la persona que amas es la base fundamental, por tanto, del éxito de un matrimonio.

Este sacerdote me dijo en aquella ocasión que el demonio es como un lobo: cuando quiere matar a un cordero lo hace mordiéndole la garganta a su víctima. La oveja muere ahogada y con un gran dolor. Lo mismo nos sucede a nosotros: cuando el demonio quiere romper un matrimonio ataca la garganta, ataca la comunicación y así rompe la pareja.



Por ello te dejo aquí unos cuantos consejos que suelo dar cuando alguien me pide alguna ayuda al respecto.


Sobre el hecho de hablar te digo lo siguiente:

1. Para empezar que sepamos que hay muchas formas de lenguaje: los gestos, las caricias, las miradas… Pero uno de los que no puede faltar nunca es la comunicación verbal. Por eso, con tu mujer, con tu marido, habla y comparte, pero también escucha. La comunicación no es un monólogo: es hablar y escuchar. Escuchar y después hablar.

2. Sal a cenar con tu pareja a solas, sin hijos. Su tiempo particular es sagrado, y está por encima del de los hijos. Y si pueden, dedíquense un día al mes para ustedes. Y una semana al año… Inténtenlo: solo tienen cosas que ganar. Pidan ayuda a la suegra, la amiga, la cuñada… Tengan un matrimonio amigo: cuando una pareja se toma “el sábado libre”, el siguiente le devuelven el favor.

3. No te acuestes sin contar lo que te ha pasado a largo del día de hoy ni tampoco sin haber escuchado lo que le ha sucedido a tu cónyuge en esta jornada.

4. ¡Aguas! Tampoco te acuestes enojado con tu pareja. Acuéstate reconciliado. No hay nada peor que acabar el día enojado. No hay nada mejor que acostarse en paz.

5. Sobre los temas… ¡hablen de todo! Hay temas que no pueden faltar en su conversación: el futuro, la salud, las metas, el trabajo, los hijos, otros asuntos familiares, el dinero, las aspiraciones…

6. No dejes de dar un cumplido de vez en cuando. No consiste en adular, eso espanta a cualquiera, pero sí de reconocer lo bueno que tiene el otro.

7. Vuelve al “amor primero”. Hablen de cuando se conocieron y cómo resultó. Ríanse, que seguro que hay multitud de anécdotas simpáticas que les unieron. En este caso, al menos en éste, no está mal poner la mano en el arado y echar y mirar atrás.

8. Aprende a ser agradecido también de palabra. Y por supuesto a saber pedir perdón de palabra. A veces cuesta un mundo, pero hay que hacerlo. Muchas parejas mueren por la soberbia de no haber pedido perdón o no haber sido agradecido a tiempo.
Hay una cosa mejor que las cartas que ha escrito durante toda su vida el protagonista de nuestra anécdota, es el poder decirte que hables y compartas lo más que puedas con tu cónyuge.

sábado, 23 de febrero de 2019

10 sencillas maneras de acercar a tus hijos a Dios

Quiero compartir con ustedes 10 sencillas formas de acercar a nuestros hijos a Dios inclusive desde el momento en que nos enteramos de que vamos a ser padres.

Por: Nory Camargo | Fuente: Catholic-link.com




Ser padres nos hace responsables no solo del cuidado de nuestros hijos sino también de la educación espiritual que les brindamos desde el momento en que los concebimos. Por eso quiero compartir con ustedes 10 sencillas formas de acercar a nuestros hijos a Dios inclusive desde el momento en que nos enteramos de que vamos a ser padres.
«¿Buscamos entender ‘dónde’ los hijos verdaderamente están en su camino? ¿Dónde está realmente su alma? ¿Lo sabemos? Y sobre  todo: ¿Lo queremos saber? ¿Estamos convencidos de eso, en realidad, no esperan algo más?» (Papa Francisco).

1. Ora en voz alta durante el embarazo

Nuestros pequeños escuchan nuestra voz todo el tiempo, es importante que el momento que le dediques a la oración esté lleno de tranquilidad. Elije un espacio cómodo en donde no te interrumpan o donde nada te distraiga. Puedes construir un pequeño altar o hacerlo mientras ves una estampita de la Virgen o de Jesús para que tus pensamientos no divaguen en otras cosas. Haz que tú bebe sienta que ese momento es único y especial para los dos, puedes elegir una hora del día para que se vuelva una rutina diaria. Mientras oras puedes sobar tu pancita para que tu bebe sienta que la oración va dedicada a él también


2. Llévalo a misa

Algunas personas piensan que es muy molesto llevar a los chiquitines a misa porque lloran muy fuerte, hacen ruido, incomodan a la gente o no se quedan quietos. Mi recomendación es que lo lleves a misa cada domingo, tal como tú y tu familia lo solían hacer antes de su nacimiento.  Si llora y es aún muy bebe lo podrás calmar con el pecho o el biberón; si es un poco más grande y ya gatea o camina suele hacer berrinches más a menudo, sal de la iglesia, dale un pequeño paseo hasta que se calme y vuelve a entrar. Si tu niño ya es 100% consciente de que va a misa los domingos y no se queda quieto, grita a todo pulmón o incluso se tira al piso, sal de nuevo, ponte a su altura y háblale de manera pausada y en tono suave, explícale porque están allí y porque es importante portarse bien durante la Eucaristía. Si pellizcas a tu hijo mientras hace el berrinche, lo halas bruscamente para sacarlo, lo matas con la mirada o le gritas afuera de la iglesia, detestara cada domingo. Son niños y hay que ponernos en sus zapatos, no están en edad de quedarse quietos y mucho menos de poner atención más de 20 minutos seguidos. Cada vez que yo voy a misa, salgo a calmar a mi hijo unas 10 veces pero lo vuelvo a entrar; no hay que darse por vencido pues aunque son pequeños saben muy bien como manipularnos, lo importante es que ellos se den cuenta que no importa cuántas veces salgamos de la iglesia siempre volveremos a entrar hasta que la celebración culmine.

3. Reza con ellos en las noches

Puede ser junto a su cama o cuna, ponte de rodillas y ora. Cuando los niños son pequeños todo les asombra y les causa curiosidad, tienen el don de imitar tanto lo bueno como lo malo, y muy probablemente mientras estés orando querrán llamar tu atención, empezaran a hablar como si les dieran cuerda, cantaran, sacaran sus juguetes o te halaran de la camisa. Aprovecha esta oportunidad para explicarle lo que estás haciendo e invítalo a unirse a tu oración. Dile que repita después de ti o pregúntale: ¿por qué le darías gracias a Dios hoy? ¿Quieres enviarle un mensaje a la Virgen conmigo? Notarás que este tipo de preguntas les causa sorpresa, enséñales cómo deben persignarse y procura que ese momento dedicado a la oración no sea tan largo, pues querrá empezar a hacer otra cosa. Si tu niño o niña es un bebe, persígnalo con su manita y ora en voz baja junto a él.

4. Familiarízalo con imágenes de Jesús y de María Santísima

Tener un altar en el hogar debe ser tarea de todo católico, no tiene que ocupar una habitación completa, pero si debes destinarle un lugar especial, de visibilidad y alcance para todos los miembros de la familia. Es importante que nuestros pequeños encuentren imágenes de Jesús, de María y de los Santos. Mi hijo tiene un año y cinco meses y le hemos enseñado a mandarle besitos a la Virgen. Cada vez que la ve, sin importar el lugar en el que estemos le manda un beso y yo me derrito de amor, los niños aprenden muy rápido las cosas, aprovechar la edad entre los 0 y 5 años es primordial para ensañerles lo que más podamos. Un día Juan José (mi hijo) encontró el llavero de mi mamá en un bolso, vio que de el estaba colgada la imagen de la Virgen de Guadalupe, y sin que nadie le dijera nada, hizo cara de sorpresa, nos miró a todos por unos segundos y la beso. Puedes poner un Cristo en su habitación, la imagen de María Santísima en su mesita de noche o un cuadro con el ángel de la guarda.

5. Déjalo elegir películas y libros que hablen de Dios

Aprovecha el gusto que tienen tus hijos por las películas o los cuentos. Compra películas como «El Arca de Noe», «David y Goliat», «El Buen Samaritano», «El Hijo Prodigo», «La Historia de José y sus hermanos», «Los Milagros de Jesús», «El Príncipe de Egipto», «Joseph: Rey de los Sueños», etc. Existen también muchos libros que le cuentan a los niños las historias de la biblia de manera divertida e ilustrada,  puedes comprar libros para colorear o la llamada «Biblia de los niños» que está en las principales librerías. De esta manera podrás darle varias opciones a tu hijo para que sea él quien escoja qué historia quiere conocer. Nunca los obligues o los amenaces con castigos si no quieren realizar esta actividad. Cada fin de semana le puedes dar una opción distinta o proponerle a él o ella que te acompañe a comprar el libro o la película que prefiera. Es una manera fácil y divertida para que nuestros hijos conozcan la vida de Jesús, de María Santísima o los santos desde que son chiquitines.

6. Déjalos participar en actividades relacionadas con la Iglesia

Si en el colegio de tu hijo hay infancia misionera, déjalo ser miembro del grupo. Si le gusta actuar o cantar, déjalo participar en las ceremonias religiosas en las que se hacen dramatizaciones o inscríbelo al coro de la Iglesia. Si el colegio realiza campañas en las que se recolecta ropa o víveres para los más necesitados, explícale porque debemos ayudarle a los demás. Nunca le prohíbas a tu hijo actividades como estas, si muestra algún interés, déjalo experimentar y mantén una actitud siempre positiva frente a sus logros y hazañas. Hazle saber cuánto le agrada a Dios su buen comportamiento y solidaridad, permitiéndole sentir que te sientes orgulloso de ser su madre o su padre.

7. Permítele ver que hay niños que no lo tienen todo

Llevar a nuestros hijos a fundaciones o instituciones que ayuden a los demás es una experiencia hermosa para todos los involucrados, tanto como para los niños a los que visitamos, como para nuestros hijos y para nosotros mismos. Hacerles ver que el mundo no es color de rosa y que no todos los niños gozan de un hogar con papá y mamá abrirá sus corazones. Puedes ir a una fundación que acoja a niños huérfanos, niños maltratados, con cáncer, o alguna enfermedad como síndrome de down. Todos los niños merecen ser amados y escuchados. Haz que tu hijo comparta al menos dos veces al año una experiencia como ésta. Organiza un partido de fútbol, una tarde de película o un compartir con la organización que escojas. De esta manera tu hijo comprenderá que no todos los niños gozan de los privilegios que él tiene; aprenderá a compartir y a ver a todos como iguales, no hará distinciones en la hora del juego y se convertirá en un niño consciente y dispuesto a ayudar a los demás en cualquier lugar.

8. Enséñale a apreciar la naturaleza

No es necesario que viajes a Irlanda para que tu hijo sea testigo de impresionantes paisajes: una flor basta para que le cuentes a tu pequeño que Dios está presente en cada una de sus creaciones, hasta en la más pequeña. El cielo, el mar, las estrellas, la luna, los árboles, las montañas. Puedes intentar preguntarle a tu hijo cuanto cree que le ama a Dios (tal vez alguna de sus ocurrencias te haga derretir de amor) pero es válido que tú le des una manita: puedes retarlo a contar las estrellas o a adivinar qué tan profundo es el mar y decirle que así es el amor de Dios: infinito como las estrellas que adornan el firmamento o los granos de arena en la playa. Es importante que nuestros hijos sean conscientes que todo cuanto nos rodea ha sido creado de la mano de Dios, los viajes a otras ciudades o países pueden ser la oportunidad perfecta para que le hables de Dios a tus hijos.

9. Hazle saber que hay más satisfacción en dar que en recibir

La época de Navidad es perfecta para realizar esta actividad. Hay dos formas de hacerlo: la primera es comprar juguetes o ropa para que niños de escasos recursos, huérfanos o desamparados reciban un detalle en esta fecha. La otra opción que tenemos es pedirles a nuestros pequeños que decidan qué juguetes ya no utilizan y están en buen estado para donarlos. En todo el proceso debemos incluir a nuestros pequeños, desde ir a comprar o escoger los juguetes, hasta empacarlos e ir a entregarlos personalmente. De esta manera ellos entenderán que las cosas no son tan fáciles de obtener y que no todos los niños tienen los privilegios que nosotros como padres les otorgamos. Este acto de generosidad y entrega puede practicarse en cualquier época del año, lo importante es transmitirles a nuestros hijos el amor por el que más lo necesita. Cuando hayan culminado la tarea puedes preguntarle cómo se sintió al entregarle a otro niño un regalo o  que fue lo que más le gustó de estar allí. Podemos encontrar a Dios de muchas maneras, hazle comprender cuanta felicidad hay en dar.

10. Enséñale a bendecir los alimentos

El desayuno, el almuerzo o la cena pueden ser escenarios perfectos en los que le enseñes a tus hijos que hay que dar gracias por todo lo que Dios nos permite tener, incluyendo la comida que llega a nuestra mesa. Yo acostumbro hacer la siguiente oración para bendecir los alimentos: «Bendice Señor estos alimentos que por tu infinita misericordia tenemos hoy en esta mesa, dale Señor pan a los que no tienen y danos hambre de ti a los que tenemos pan. Ámen». Recuerda que tu ejemplo es la mejor herramienta, conviértete en el modelo a seguir de tus hijos y bendice los alimentos sin importar el lugar en el que te encuentres, pídele a tus hijos que repitan después de ti y veras como con el tiempo ellos lo harán solitos.


Este artículo fue publicado originalmente por nuestros aliados y amigos: Catholic-link.com

sábado, 16 de febrero de 2019

Para la Organización Mundial de la Salud, los "hombres" tienen también "derecho al aborto"

Cuando uno pensaba que la capacidad de asombro en este mundo posmoderno...

Por: Carlos Alvarez Cozzi | Fuente: Catholic.net




El observador ante Naciones Unidas C-FAM el 25 de enero ppdo nos daba a conocer que “la Organización Mundial de la Salud, (OMS) ha emitido una guía medica para el aborto orientada a reflejar las evidencias científicas recientes en este campo.  

Sin embargo, su cambio más relevante ha sido más cultural que médico. Este nuevo informe comenzó insistiendo en que no son solo las mujeres las que pueden quedarse embarazadas, sino que también pueden hacerlo las mujeres que piensan que son hombres, esto es, “aquellos con variación de identidades de género”.

La guía estableció incluso que el aborto debe ser facilitado como modo de promover la salud y los derechos humanos “incluyendo la igualdad de sexo y género”, implicando una marcada distinción entre las dos.

Cuando uno pensaba que la capacidad de asombro en este mundo posmoderno y líquido estaba colmada nos encontramos con esta perpleja información de que las mujeres que se autoperciben como hombres para la OMS son hombres pero como en realidad biológicamente son mujeres pueden quedar embarazadas, entonces también ellos/ellas? tienen derecho a abortar.

Un amigo diría “chocolate por la noticia”

Es evidente que aunque una mujer se autoperciba como hombre sigue siendo una mujer, porque tiene órganos sexuales femeninos, útero, vulva, ovarios, así como si un perro se autopercibiera como elefante seguiría siendo perro. Por lo que es obvio que si la OMS considera que la mujer tiene un derecho subjetivo a matar a su hijo, -lo que en realidad es falso-, también lo tendrá aunque se autoperciba como del sexo opuesto.

Parece un galimatías pero lamentablemente es cierto. Nos recuerda el caso reciente de un joven que se consideraba una joven y se sometió a todo el proceso transgénero hormonal y médico para llegar a ser una chica. Resulta que cuando consideraba que lo era, porque así se autopercibía comenzó una relación de pareja con... una chica. Uno se pregunta, ¿para que quiso “dejar de ser” un chico si en realidad le gustaban las chicas? En fin, así van las cosas en este mundo a la deriva.

sábado, 9 de febrero de 2019

¿Vale la pena casarse?

Muchos jóvenes aseguran hoy que no ven razón alguna para contraer matrimonio. Se quieren, y en ello encuentran una justificación sobrada para vivir juntos

Por: Tomás Melendo, Catedrático de Metafísica (Filosofía) de la Universidad de Málaga | Fuente: mujernueva.org




Bastantes jóvenes aseguran hoy que no ven razón alguna para contraer matrimonio. Se quieren, y en ello encuentran una justificación sobrada para vivir juntos. Estimo que están equivocados, pero los comprendo perfectamente.

Y es que las leyes y los usos sociales han arrebatado al matrimonio todo su sentido:
a) la admisión del divorcio elimina la seguridad de que se luchará por mantener el vínculo;
b) la aceptación social de «devaneos» extramatrimoniales suprime la exigencia de fidelidad; y
c) la difusión de contraceptivos desprovee de relevancia y valor a los hijos.

¿Qué queda, entonces, de la grandeza de la unión conyugal?, ¿qué de la arriesgada aventura que siempre ha sido?, ¿con qué objeto «pasar por la iglesia o por el juzgado»? Vistas así las cosas, a quienes sostienen la absoluta primacía del amor habría que comenzar por darles la razón… para después hacerles ver algo de capital importancia: que es imposible quererse bien, a fondo, sin estar casados.

Hacerse capaz de amar

Aunque pueda suscitar cierto estupor, lo que acabo de sostener no es nada extraño. En todos los ámbitos de la vida humana hay que aprender y capacitarse. ¿Por qué no en el del amor, que es a la par la más gratificante y difícil de nuestras actividades? Jacinto Benavente afirmaba que «el amor tiene que ir a la escuela». Y es cierto. Para poder querer de veras hay que ejercitarse, igual que, por ejemplo, hay que templar los músculos para ser un buen atleta.

Pues bien, la boda capacita para amar de una manera real y efectiva. Nuestra cultura no acaba de entender el matrimonio: lo contempla como una ceremonia, un contrato, un compromiso… Algo que, sin ser falso, resulta demasiado pobre. En su esencia más íntima, la boda constituye una expresión exquisita de libertad y amor. El sí es un acto profundísimo, inigualable, por el que dos personas se entregan plenamente y deciden amarse de por vida. Es amor de amores: amor sublime que me permite «amar bien», como decían nuestros clásicos: fortalece mi voluntad y la habilita para querer a otro nivel; sitúa el amor recíproco en una esfera más alta. Por eso, si no me caso, si excluyo ese acto de donación total, estaré imposibilitado para querer de veras a mi cónyuge: como quien no se entrena o no aprende un idioma resulta incapaz de hablarlo.

A su joven esposa, que le había escrito: «¿Me olvidarás a mí, que soy una provincianita, entre tus princesas y embajadoras?», Bismark le respondió: «¿Olvidas que te he desposado para amarte?». Estas palabras encierran una intuición profunda: el «para amarte» no indica una simple decisión de futuro, incluso inamovible; equivale, en fin de cuentas, a «para poderte amar» con un querer auténtico, supremo, definitivo.

Casarse o «convivir»

No se trata de teorías. Cuanto acabo de exponer tiene claras manifestaciones en el ámbito psicológico. El ser humano sólo es feliz cuando se empeña en algo grande, que efectivamente compense el esfuerzo. Y lo más impresionante que un varón o una mujer pueden hacer es amar. Vale la pena dedicar toda la vida a amar cada vez mejor y más intensamente. En realidad, es lo único que merece nuestra dedicación: todo lo demás, todo, debería ser tan sólo un medio para conseguirlo.

Pues bien, cuando me caso establezco las condiciones para consagrarme sin reservas a la tarea de amar. Por el contrario, si simplemente vivimos juntos, y aunque no sea consciente de ello, todo el esfuerzo tendré que dirigirlo, a «defender las posiciones» alcanzadas, a no «perder lo ganado».

Todo, entonces, se torna inseguro: la relación puede romperse en cualquier momento. No tengo certeza de que el otro se va a esforzar seriamente en quererme y superar los roces y conflictos del trato cotidiano: ¿por qué habría de hacerlo yo? No puedo bajar la guardia, mostrarme de verdad como soy… no sea que mi pareja advierta defectos «insufribles» y decida no seguir adelante. Ante las dificultades que por fuerza han de surgir, la tentación de abandonar la empresa se presenta muy cercana, puesto que nada impide esa deserción…

En resumen, la simple convivencia sin entrega definitiva crea un clima en el que la finalidad fundamental y entusiasmante del matrimonio —hacer crecer y madurar el amor y, con él, la felicidad— se ve muy comprometida.

¿Amor o «papeles»?

Todo lo cual parece avalar la afirmación de que «lo importante» es quererse. Me parece correcto. El amor es efectivamente lo importante. No hay que tener miedo a esta idea. Pero ya he explicado que no puede haber amor cabal sin donación mutua y exclusiva, sin casarse. Los papeles, el reconocimiento social, no son de ningún modo lo importante… pero, en cuanto confirmación externa de la mutua entrega, resultan imprescindibles.

¿Por qué?

Desde el punto de vista social, porque mi matrimonio tiene repercusiones civiles claras: la familia es -¡debería ser!- la clave del ordenamiento jurídico y el fundamento de la salud de una sociedad: es indispensable, por tanto, que se sepa que otra persona y yo hemos decidido cambiar de estado y constituir una familia.

Pero, sobre todo, la dimensión pública del matrimonio -ceremonia religiosa y civil, fiesta con familiares y amigos, participaciones del acontecimiento, anuncio en los medios si es el caso, etc.- deriva de la enorme relevancia que lo que están llevando a cabo tiene para los cónyuges. Si eso va a cambiar radicalmente mi vida para mejor, si me va a permitir algo que es una auténtica y maravillosa aventura… me gustará que quede constancia: igual que anuncio con bombo y platillo las restantes buenas noticias. Igual, no. Mucho más, porque no hay nada comparable a casarse: me pone en una situación inigualable para crecer interiormente, para ser mejor persona y alcanzar así la felicidad. ¿Cómo no pregonar, entonces, mi alegría?

¿Anticipar el futuro?

Es verdad que, a la vista de lo expuesto, bastantes se preguntan: ¿cómo puedo yo comprometerme a algo para toda la vida, si no sé lo que ésta me deparará?, ¿cómo puedo estar seguro de que elijo bien a mi pareja?

A todos ellos les diría, antes que nada, que para eso esta el noviazgo: un período imprescindible, que ofrece la oportunidad de conocerse mutuamente y empezar a entrever cómo se desarrollará la vida en común.

Después, si soy como debo ya sé bastante de lo que pasará cuando me case: sé, en concreto, que voy a poner toda la carne en el asador para querer a la otra persona y procurar que sea muy feliz. Y si ese propósito es serio, será compartido por el futuro cónyuge: el amor llama al amor. Podemos, por tanto, tener la certeza de que vamos a intentarlo por todos los medios. Y entonces es muy difícil que el matrimonio fracase.

Observar y reflexionar

Ciertamente, esa decisión radical de entrega no basta para dar un paso de tanta trascendencia. Hay que considerar también algunos rasgos del futuro cónyuge. Por ejemplo, si «me veo» viviendo durante el resto de mis días con aquella persona; también, y antes, cómo actúa en su trabajo, trata a su familia, a sus amigos; si sabe controlar sus impulsos sexuales (porque, de lo contrario, nadie me asegura que será capaz de hacerlo cuando estemos casados y se encapriche con otro u otra); si me gustaría que mis hijos se parecieran a él o a ella… porque de hecho, lo quiera o no, se van a parecer; si sabe estar más pendiente de mi bien (y del suyo) que de sus antojos…

En definitiva, atender más a lo que es; después, a lo que efectivamente hace, a cómo se comporta; y en tercer lugar, a lo que dice o promete, que sólo tendrá valor cuando concuerde con su conducta.

Relaciones anti-matrimoniales

Y aquí suele plantearse una de las cuestiones más decisivas y sobre las que impera una mayor confusión. La necesidad de conocerse, de saber si uno y otra congenian, ¿no aconseja vivir un tiempo juntos, con todo lo que esto implica?

Se trata de un asunto muy estudiado y sobre el que cada vez se va arrojando una luz más clara. Un buen resumen del status quaestionis sería el que sigue: está estadísticamente comprobado que la convivencia a que acabo de aludir nunca -nunca!- produce efectos beneficiosos. Por ejemplo: a) los divorcios son mucho más frecuentes entre quienes han convivido antes de contraer matrimonio; b) las actitudes de los jóvenes que empiezan a tener trato íntimo empeoran notablemente y a ojos vista… desde ese mismo momento: se tornan más posesivos, más celosos y controladores, más desconfiados e irritables…

La causa, aunque profunda, no es difícil de intuir. El cuerpo humano es, en el sentido más hondo de la palabra, personal; y quizá muy especialmente sus dimensiones sexuales. En consecuencia, la sexualidad sólo sabe hablar un idioma: el de la entrega plena y definitiva.
Mas en las circunstancias que estamos considerando esa total disponibilidad resulta contradicha por el corazón y la cabeza, que, con mayor o menor conciencia, la rechazan, al evitar un compromiso de por vida. Surge así un ruptura interior en cada uno de los novios, que se manifiesta psíquicamente por un obsesivo y angustioso afán de seguridad, cortejado de recelos, temores, suspicacias… que acaban por envenenar la vida en común.

De ahí que a este tipo de relaciones, en contra del uso habitual, prefiera llamarlas «anti-matrimoniales».

Para conocerse de veras

Por otro lado, resulta ingenua la pretensión de decidir la viabilidad de un matrimonio por la «capacidad sexual» de sus componentes: ¡como si toda una vida en común dependiera o pudiera sustentarse en unos actos que, en condiciones normales, suman unos pocos minutos a la semana!

Pero es que la mejor manera de conocer a nuestro futuro cónyuge en ese ámbito consiste, como antes sugería, en observarlo en los demás aspectos de su vida, y tal vez principalmente en los no se relacionan directamente con nosotros: reflexionar sobre el modo cómo se comporta en su familia, en el trabajo o estudio, con sus amigos o conocidos. Si en esas circunstancias es generoso, afable, paciente, servicial, tierno, desprendido…, puede asegurarse, sin temor al engaño, que a la larga esa será su actitud en las relaciones íntimas. Mientras que la «comprobación directa», e incluso la forma de tratarnos, por responder a una situación claramente «excepcional» -el noviazgo- no sólo no proporciona datos fiables sobre su vida futura, sino que en muchos casos más bien los enmascara.

¿Probar a las personas?

Pero se puede ir más al fondo: no es serio ni honrado «probar» a las personas, como si se tratara de caballos, de coches o de ordenadores. A las personas se las respeta, se las venera, se las ama; por ellas arriesga uno la vida, «se juega -como decía Marañón- a cara o cruz, el porvenir del propio corazón».

Además, la desconfianza que implica el ponerlas a prueba no sólo crea un permanente estado de tensión difícil de soportar, sino que se opone frontalmente al amor incondicionado que está en la base de cualquier buen matrimonio.

A lo que cabe añadir otro motivo, todavía más determinante: no se puede (es materialmente imposible, aunque parezca lo contrario) hacer esa prueba, porque la boda cambia muy profundamente a los novios; no sólo desde el punto de vista psicológico, al que ya me he referido, sino en su mismo ser: los modifica hondamente, los transforma en esposos, les permite amar de veras: ¡antes no es posible hacerlo!, como ya apunté.
Pero esta es una cuestión de tanta trascendencia que quizá merezca, íntegro, un nuevo escrito.

sábado, 2 de febrero de 2019

Fiesta de la PRESENTACIÓN DEL SEÑOR 2 de febrero 2019






Fiesta de la Presentación del Señor

Aunque esta fiesta del 2 de febrero cae fuera del tiempo de navidad, es una parte integrante del relato de navidad. Es una chispa de fuego de navidad, es una epifanía del día cuadragésimo. Navidad, epifanía, presentación del Señor son tres paneles de un tríptico litúrgico. Es una fiesta antiquísima de origen oriental. La Iglesia de Jerusalén la celebraba ya en el siglo IV. Se celebraba allí a los cuarenta días de la fiesta de la epifanía, el 14 de febrero. La peregrina Eteria, que cuenta esto en su famoso diario, añade el interesante comentario de que se "celebraba con el mayor gozo, como si fuera la pascua misma"'. Desde Jerusalén, la fiesta se propagó a otras iglesias de Oriente y de Occidente.

En el siglo VII, si no antes, había sido introducida en Roma. Se asoció con esta fiesta una procesión de las candelas. La Iglesia romana celebraba la fiesta cuarenta días después de navidad.