sábado, 29 de enero de 2011

Venezuela: Fallece la madre Montes, “una institución”


Esclava del Divino Corazón, fundó Fe y Alegría con el jesuita Vélaz


MÉRIDA, viernes 21 de enero de 2011 (ZENIT.org).-


En la madrugada del miércoles 12 de enero 2011 falleció en la paz del Señor, la hermana María Montemayor Fernández Pinzón Hernández, más conocida como “la Madre Montes”.

El arzobispo de la diócesis de Mérida Baltazar Porras escribe una semblanza sobre esta religiosa ejemplar, fundadora con el jesuita José María Vélaz del Colegio Fe y Alegría de San Javier del Valle.

Su salud estaba en franco deterioro desde hacía algún tiempo. Sin embargo, ella seguía, observante, alegre, cumpliendo con lo que podía hacer: rezar y preocuparse por sus muchachos de San Javier del Valle.

“Hace pocos días –escribe el mismo día de su muerte monseñor Baltazar Enrique Porras Cardozo--, a comienzos de año, la visité por última vez. Con el cuido y atención de las hermanas de su comunidad, recibía todas las atenciones que necesitaba. En su cama, no desaparecía su sonrisa y su serenidad de espíritu. Las celebraciones de navidad se hicieron en el piso de su habitación para que ella participara junto a sus monjas en los oficios religiosos”.

“La madre Montes fue una institución”, subraya monseñor Porras. Todos los jóvenes que han pasado por el Colegio Fe y Alegría de San Javier la recuerdan con cariño.

“Siempre en movimiento, haciendo milagros para que no faltara en la mesa de sus muchachos el pan de cada día. En Mérida, quién no la reconocía. Montada en la camioneta, hablaba, ordenaba, pedía, vivía y se desvivía por esta obra que construyó junto con el padre José María Velaz”.

“Tenía madera de santa y no le faltaba razón”, pues, recuerda el arzobispo de Mérida, por sus venas corría la sangre del cardenal Spínola y de varias de su familia, consagradas también a Dios para servir a los más necesitados.

“Fue un ejemplo de entrega hasta el final. Podía haberse retirado hace años a su tierra natal, pero prefirió vivir y morir al lado de esta obra benemérita”, subraya.

María Montemayor había nacido en Moguer, provincia de Huelva, el 8 de junio de 1922. “De esos lares partieron hace algo más de cinco siglos los primeros que vinieron a nuestras tierras”, recuerda monseñor Porras.

Profesó en la Congregación de Esclavas del Divino Corazón. Llegó a Venezuela en septiembre de 1976. Fue fundadora junto al padre Velaz del Colegio Fe y Alegría de San Javier del Valle.

Antes de venir a Venezuela, fue misionera en Japón. Además de sus muchachos, se consustanció con los habitantes de El Valle y de Mérida. Ayudaba a familias necesitadas con mercados, becas y medicinas.

Actualmente llevaba a cabo al proyecto “De los sin Techo”; con ayudas recibidas desde España, facilitaba los materiales de construcción y los beneficiarios colocaban la mano de obra, con este proyecto ayudó a varias familias. La última casa que entregó fued en el Arenal.

“Vivió para Dios y para los demás. Ese es su legado, del que los merideños nos sentimos orgullosos”, afirma el prelado.

Decidió donde quería que reposaran sus restos. En el cementerio de La Culata, junto a otras hermanas de su congregación.

“Al dejar constancia de su perfil de cristiana y consagrada, no nos queda sino dar gracias a Dios por su vida, entrega permanente para dar lo mejor de sí para el bien de los más pobres. Paz a sus restos y que interceda por nosotros ante el Padre bondadoso que la recibe en su seno”, concluye monseñor Baltazar Porras

sábado, 22 de enero de 2011

Esperan milagro que llevaría a los altares a mujer que cuidó de asesinos de su esposo

María Séiquer



MURCIA, 14 Ene. 11 / 12:38 am (ACI)

Las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado, extendidas hoy por España y América Latina, rezan por un milagro que culmine con la beatificación de su fundadora, María Séiquer Gayá, una viuda murciana que se consagró al servicio de Dios y vivió la misericordia al punto de cuidar de los asesinos de su esposo, un mártir de la Guerra Civil Española.

María Séiquer nació en Murcia, España, en 1891, y se casó en 1914 con Ángel Romero, un médico otorrino conocido entre sus vecinos por su honradez y su actitud servicial. En su finca Villa Pilar instalaron una capilla pública donde María daba catequesis a los niños y su esposo atendía gratuitamente a los más pobres un día a la semana.

Cuando la persecución anticatólica llegó a Murcia hacia el año 1931, Ángel decidió entrar en política para defender a la Iglesia y se convirtió en blanco de los violentos.

En agosto de 1936, fue apresado y unas semanas después fusilado. En una de las dos visitas que María le hizo en la cárcel, Ángel le dijo: "Creen que nos sacrifican, y no ven que nos glorifican". Ella a su vez le confesó su intención de consagrarse a Dios. "Si no me matan a mí también, te prometo ingresar en el convento", le dijo.

María huyó de Murcia donde su vida corría peligro y "conoció a Amalia Martín de la Escalera, con quien una vez terminada la Guerra, fundó en Villa Pilar, la primera casa de las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado.

María -optó por el camino del perdón-: "perdono a todos mis enemigos, te pido por ellos y avivo el deseo de perdonar a todos los que me hicieron mal", dejó escrito.

Posteriorment desde su congregación, se ocupó de educar a niños, alimentar a los pobres y visitar a los ancianos y enfermos de los pueblos cercanos, entre los que se encontraban los asesinos de su marido.

En efecto, diversos testigos afirman que hasta su muerte en 1975 María atendió a una de las mujeres que denunció a su esposo; jamás reclamó los propios muebles robados que veía en las casas de algunos enfermos que atendía; cuidó a los hijos del miliciano que arrastró por las calles el cadáver de su esposo, y se presentaba con frecuencia ante el Juzgado para exigir que no se tramitasen los sumarios de los asesinos que habían sido capturados, hasta que logró salvarlos de ser ejecutados.

En sus escritos afirmó: "Sólo he hecho lo que me enseñó Cristo: Perdónalos, porque no saben lo que hacen".

Actualmente, los restos de Ángel, cuyo proceso de beatificación por martirio también está en trámite, la Madre María junto con la Madre Amalia, descansan en un panteón junto a la capilla de Villa Pilar.

Camino a los altares

El proceso de canonización de la Madre María Séiquer comenzó en 1989. Dos años después terminó la fase diocesana. "Ahora estamos a la espera de que obre un milagro para que Roma la beatifique", explicó a ACI Prensa la Hermana Alicia, Superiora de las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado desde la Casa General de la congregación, en Villa Pilar, Murcia.

"Ella siempre pensó que la gente que asesinó a su marido lo hizo por ignorancia, no porque fueran malos. Y les dio tierras, y casa y los cuidó. Por eso en los años '80 la gente comenzó a pedir su beatificación", explicó.

La congregación -que el 7 de enero pasado celebró 36 años de su aprobación pontificia- solo actúa en pueblos y aldeas para ayudar a los más humildes.

La Hermana Alicia espera que el milagro sea obrado en Latinoamérica, "porque allí, la gente acude más a Dios que en España".

Según la biografía que recoge el libro "Amor donde no hay Amor", a María Séiquer, le "hubiera gustado tener hijos, pero el Señor quiso que los tuviera cuando Él quería, no cuando yo. ¡Y mira si ahora tengo hijos...!".

Su congregación se encuentra extendida en 19 comunidades repartidas por España, y otras nueve en Guatemala, El Salvador, Honduras, República Dominicana, Bolivia y Perú.

Su carisma es : "identificarnos con Cristo Crucificado, intentando adoptar sus mismas actitudes de Sacerdote y Víctima, es decir, amando, perdonando, compadeciéndonos de toda miseria humana, ofreciéndonos al Padre y consagrando con Él toda nuestra vida a Dios, por el bien de toda la Iglesia".

sábado, 15 de enero de 2011

CATALINA DE GENOVA Y LA EXPERIENCIA DEL PURGATORIO







CIUDAD DEL VATICANO, 12 ENE 2011 (VIS).-


Benedicto XVI dedicó la catequesis
de la audiencia general de los miércoles, celebrada en el Aula Pablo VI y a
la que asistieron 9.000 personas, a santa Catalina de Génova (1447-1510),
autora de dos libros: "El tratado sobre el purgatorio" y "El diálogo entre
el alma y el cuerpo".
Catalina recibió en su hogar una buena educación cristiana. Se casó a los
dieciséis años y su vida matrimonial no fue fácil. Al principio llevaba una
existencia mundana que le causó un profundo sentido de vacío y amargura.
Tras una particular experiencia espiritual, en la que ve con claridad sus
miserias y defectos, al mismo tiempo que la bondad de Dios, nace la decisión
de cambiar de vida e iniciar un camino de purificación y comunión mística
con Dios. El lugar de su ascenso a las cimas de la mística fue el hospital
de Pammatone, el más grande de Génova, del que fue directora.
"Desde su conversión hasta su muerte -observó el Papa- no hubo
acontecimientos extraordinarios, pero dos elementos caracterizaron toda su
existencia: por una parte la experiencia mística, la profunda unión con
Dios, (...) y por otra, (...) el servicio al prójimo, sobre todo a los más
necesitados y abandonados".
"Nunca debemos olvidar -subrayó el Santo Padre- que cuanto más amamos a
Dios y somos constantes en la oración, mas amaremos realmente a los que
tenemos cerca, porque seremos capaces de ver en cada persona el rostro del
Señor, que ama sin límites ni distinciones".
Benedicto XVI se refirió después a las obras de la santa, y recordó que
"en su experiencia mística, Catalina no tuvo revelaciones específicas sobre
el purgatorio o las almas que se están purificando". La santa no presenta el
purgatorio "como un elemento del paisaje de las vísceras de la tierra: no es
un fuego exterior, sino interior. (...) No se parte del más allá para narrar
los tormentos del purgatorio (...) e indicar después el camino para la
purificación o la conversión, sino que se parte de la experiencia interior
del ser humano en camino hacia la eternidad".
Por eso, para Catalina "el alma es consciente del inmenso amor y de la
perfecta justicia de Dios y, en consecuencia, sufre por no haber respondido
de forma perfecta a ese amor mientras que el amor mismo de Dios (...) la
purifica de las escorias de su pecado".
En la mística genovesa se encuentra una imagen típica de Dioniso el
Areopagita, explicó el Papa: la del hilo de oro que une el corazón humano a
Dios. "Así el corazón humano -agregó el pontífice- se llena del amor de Dios
que pasa a ser la única guía, el único motor de su existencia. Esta
situación de elevación hacia Dios y de abandono a su voluntad, expresada en
la imagen del hilo, es utilizada por Catalina para expresar la acción de la
luz divina sobre las almas del purgatorio, luz que las purifica y las eleva
hacia los esplendores de la luz resplandeciente de Dios".
"Los santos, en su experiencia de unión con Dios -recalcó el Santo Padre-
alcanzan un saber tan profundo sobre los misterios divinos en el que se
compenetran el amor y el conocimiento, hasta el punto que sirven de ayuda a
los teólogos en su dedicación al estudio".
"Con su vida -concluyó el Papa-, Catalina nos enseña que cuanto más amamos
a Dios y entramos en intimidad con El en la oración, tanto más El se nos
revela y enciende nuestro corazón con su amor. Escribiendo sobre el
purgatorio, la santa nos recuerda una verdad fundamental de la fe que para
nosotros representa una invitación a rezar por los difuntos para que lleguen
a la visión beatífica de Dios en la comunión de los santos".
"El servicio humilde, fiel y generoso que la santa prestó toda su vida en
el hospital de Pammatone es, además, un ejemplo luminoso de caridad para
todos y un estimulo particular para las mujeres que contribuyen con sus
valiosas obras, llenas de sensibilidad y atención hacia los más pobres y
necesitados, al bien de la Iglesia y de la sociedad".

martes, 11 de enero de 2011

Adios a María Elena Walsh, escritora, poetisa y compositora argentina, que iluminó la infancia de muchas generaciones

Falleció a los 80 años, luego de luchar contra una larga enfermedad. Su gran obra trasciende las fronteras.
Célebre por su literatura infantil, creó personajes conmovedores, como Manuelita la Tortuga. Sus temas fueron musicalizados por personalidades como Mercedes Sosa y Joan Manuel Serrat y trascendieron las fronteras argentinas. María Elena Walsh nació en el barrio de Ramos Mejía, en Buenos Aires, el 1º de febrero de 1930.

Su papá era un ferroviario inglés que tocaba el piano y cantaba canciones de su tierra; su madre era una argentina descendiente de andaluces y amante de la naturaleza.

A los 13 años, la precoz artista dejó su Ramos Mejía natal para estudiar el secundario en Bellas Artes de la Capital. Fue criada en un gran caserón, con patios, gallinero, rosales, gatos, limoneros, naranjos y una higuera. En ese ambiente emanaba mayor libertad respecto de la tradicional educación de clase media de la época. Tímida y rebelde, leía mucho de adolescente y publicó su primer poema a los 15 años en la revista “El Hogar”. Poco después escribió en el diario “La Nación”.

Un año antes de finalizar sus estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes publicó su primer libro (en 1947), “Otoño imperdonable”, que recibió el segundo premio Municipal de Poesía y fue alabado por la crítica y por los más importantes escritores hispanoamericanos. A partir de allí su vida dio un vuelco: empezó a frecuentar círculos literarios y universitarios y escribía ensayos. En el año 1949 viajó a Estados Unidos, invitada por Juan Ramón Jiménez. En los años ’50 publicó “Baladas con Angel” y se autoexilió en París, junto con Leda Valladares. Ambas formaron el dúo “Leda y María”: actuaron en varias ciudades como intérpretes de música folclórica, recibieron premios, el aplauso del público y grabaron el disco “Le Chant du Monde”. Por esa época comenzó a escribir versos para niños. Sus canciones y textos infantiles trascendieron lo didáctico y lo tradicional: generación tras generación sus temas son cantados por miles de niños argentinos.

Realizó además recitales unipersonales para adultos. En 1962 estrenó en el Teatro San Martín “Canciones para mirar”, que luego grabó con CBS. Al año siguiente estrenó “Doña Disparate y Bambuco”, representada muchas temporadas en Argentina, América y Europa. En los años ‘60 publicó,entre otros, los libros “El reino del revés”, 'Cuentopos de Gulubú', “Hecho a mano” y “Juguemos en el mundo”.

En los ’70 volvió al país y en 1971 María Herminia Avellaneda la dirigió en el filme “Juguemos en el Mundo”. También escribió guiones para televisión y los libros “Tutú Maramba”, 'Canciones para mirar', “Zoo Loco”, “Dailan Kifki” y “Novios de Antaño”. En 1985 fue nombrada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires y, en 1990, Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba y Personalidad Ilustre de la Provincia de Buenos Aires. En 1994 apareció la recopilación completa de sus canciones para niños y adultos y, en 1997, “Manuelita ¿dónde vas?”.

María Elena Walsh fue una verdadera juglar de nuestros tiempos, cuando recita y canta sus versos, pero también, cuando denuncia subliminalmente diversas cuestiones sociales. Toda su rebeldía, su desencanto, su oposición, su amor a la naturaleza y a los niños han quedado reflejados en numerosos poemas, novelas, cuentos, canciones, ensayos y artículos periodísticos.

Walsh dejó un legado indeleble en la literatura infantil con obras que fueron llevadas al teatro en diversas oportunidades e incluso llegó al cine con el film de Manuel García Ferré, Manuelita. Además, sus textos fueron traducidos al francés, al italiano, al inglés, al sueco y al hebreo, y le valieron premios literarios en el país y en el exterior.

'Creo que la gente sigue haciéndoles escuchar mis canciones a los chicos porque las consideran como una suerte de tesoro familiar'. Así, la compositora explicó a este medio la razón de su vigencia en 1997, cuando un conjunto de cantantes, entre ellos, Joan Manuel Serrat, Palito Ortega y León Gieco, grabaron un tributo en CD de sus canciones.

Además de ser un símbolo que marcó la infancia de muchas generaciones, Walsh también incursionó en diversos géneros, como el folklore (tuvo un dúo con Leda Valladares en los años 50), composiciones para adultos ( Como la cigarra , Serenata para la tierra de uno ), poemas, ensayos, guiones para cine y TV, y memorias.

En 1985 fue nombrada ciudadana ilustre de Buenos Aires y, entre diversos reconocimientos, en 2008 fue homenajeada por sus pares.

En 2008 publicó Fantasmas en el parque, una novela - autobiografía, en la que, con la lucidez y la ironía que constituyen dos de sus señas más reconocibles, María Elena Walsh instaló la vida en el Parque Las Heras, donde transcurrían personajes reales y fantasmagóricos, entre los que podemos reconocernos.

Fuentes: www.me.gov.ar | www.lanacion.com

sábado, 8 de enero de 2011

Benedicto XVI: Santa Catalina de Bolonia, de la corte al Cielo



El pasado 29 de diciembre de 2010 en la Audiencia General


CIUDAD DEL VATICANO, viernes 7 de enero de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis que el Papa dirigió, el pasado 29 de diciembre, durante la Audiencia General celebrada en el Aula Pablo VI, a los peregrinos procedentes de todo el mundo.

* * * * *

Queridos hermanos y hermanas,

en una catequesis reciente hablé de Santa Catalina de Siena. Hoy querría presentaros a otra santa, menos conocida, que lleva el mismo nombre: santa Catalina de Bolonia, mujer de gran cultura, pero muy humilde; dedicada a la oración, pero siempre preparada para servir; generosa en el sacrificio, pero llena de alegría para acoger con Cristo, la cruz.

Nació en Bolonia el 8 de septiembre de 1413, primogénita de Benvenuta Mammolini y de Giovanni de'Vigri, noble culto y rico de Ferrara, doctor en leyes y lector público en Padua, donde ejercía de diplomático para Niccolò III d' Este, marqués de Ferrara. Los detalles de su infancia y juventud de Catalina son escasos y no del todo seguros. De niña vivió en Bolonia, en la casa de sus abuelos, allí fue educada por su familia, sobre todo por su madre, mujer de gran fe. Se trasladó con ella a Ferrara, cuando cumplió 10 años, entrando a esta edad en la corte de Niccolò III d'Este como damisela de honor de Margarita, hija natural de Niccolò. El marqués transformó Ferrara en una espléndida ciudad, llamando a artistas y literatos de varios países. Promovió la cultura, y aunque no tuvo una vida privada ejemplar, cuidó mucho el bien espiritual, la conducta moral y la educación de los súbditos.

En Ferrara, Catalina no se vio afectada por los aspectos negativos que a menudo llevaba consigo la vida de la corte; disfrutó de la amistad de Margarita y se convirtió en su confidente; enriqueció su cultura: estudió música, pintura, danza; aprendió poesías, a escribir composiciones literarias, a tocar la viola; se convirtió en una experta en el arte de la miniatura y de la copia; perfeccionó su estudio del latín. En su posterior vida monástica apreció mucho la formación cultural y artística que adquirió esos años. Aprendió con facilidad, pasión y tenacidad; mostró gran prudencia, singular modestia, gracia y bondad en su comportamiento. Una cosa, sin embargo, la distingue de un modo absolutamente claro: su espíritu constantemente fijo en las cosas del Cielo. En el año 1427, con sólo catorce años, y después de algunos sucesos en el ámbito de su familia, Catalina decide dejar la corte, para unirse a un grupo de mujeres jóvenes provenientes de familias nobles que hacían vida en común, consagrándose a Dios. La madre, con fe, consiente, aunque tenía otros proyectos para ella.

No conocemos el camino espiritual de Catalina, antes de esta elección. Hablando en tercera persona, ella afirmó que entró al servicio de Dios, “iluminada por la gracia divina […] con conciencia recta y gran fervor”, se dedica día y noche a la oración, empeñándose en conquistar todas las virtudes que veía en otros “ no por envidia, sino por complacer más a Dios, en quien había puesto todo su amor” (Las siete armas espirituales, VII, 8, Bolonia 1998, p. 12). Son notables sus progresos espirituales en esta nueva fase de su vida, pero grandes y terribles son también las pruebas, los sufrimientos internos, sobre todo las tentaciones del demonio. Atravesó un profunda crisis espiritual hasta los límites de la desesperación (cfr ibid., VII, p. 12-29). Vivió en la noche del alma, golpeada además, por las tentaciones de incredulidad hacia la Eucaristía. Después de tanto sufrir, el Señor la consoló: en una visión, le dio la clara conciencia de la presencia real eucarística, un conocimiento tan luminoso que Catalina non consiguió expresar en palabras (cfr ibid., VIII, 2, p. 42-46). En el mismo periodo, una prueba muy dolorosa cae sobre su comunidad: surgen tensiones entre aquellas que quieren seguir la espiritualidad agustiniana y quienes se sentían más orientadas hacia la espiritualidad franciscana.

Entre el 1429 y el 1430, la responsable del grupo, Lucia Mascheroni, decide fundar un convento de agustinas. Catalina, sin embargo, decide con otras, ligarse a la regla de santa Clara de Asís. Es un regalo de la Providencia, ya que la comunidad vive en la cercanía de la iglesia del Espíritu Santo anexa al convento de los frailes menores, que se han adherido al movimiento de la Observancia. Catalina y sus compañeras pudieron así participar regularmente en las celebraciones litúrgicas y recibir una adecuada asistencia espiritual. Tuvieron, también, la fortuna de poder escuchar la predicación de san Bernardino de Siena (cfr ibid., VII, 62, p. 26). Catalina contó que, en el 1429 - tercer año desde su conversión- fue a confesarse a uno de los frailes menores, después de una buena confesión y rezando intensamente al Señor para que le perdonase todos sus pecados y le librase del dolor que iba unido a ellos, Dios le reveló en una visión que le había perdonado todo. Fue una experiencia tan fuerte de la misericordia divina, que la marcó para siempre, dándole un nuevo impulso para responder con generosidad al inmenso amor de Dios (cfr ibid., IX, 2, p. 46-48).

En el 1431 tuvo una visión del juicio final. La terrorífica escena de los condenados la empujó a intensificar la oración y la penitencia por la salvación de los pecadores. El demonio continuó acosándola pero ella se confió de modo total al Señor y a la Virgen María (cfr. ibid., X, 3, p. 53-54). En sus escritos, Catalina nos dejó algunas características importantes de este misterioso combate, del cual sale victoriosa por la gracia de Dios. Lo hizo para instruir a sus hermanas y a aquellos que pretendían encaminarse en la vía de la perfección: quiso ponerse en guardia de las tentaciones del demonio, que se esconde a menudo bajo apariencias engañosas, para después insinuar dudas de fe, inseguridades en la vocación, sensualidad.

En el tratado autobiográfico y didáctico, Las siete armas espirituales, Catalina ofreció enseñanzas de gran sabiduría y de profundo discernimiento. Habló en tercera persona al relatar las gracias extraordinarias que el Señor le dio, y en primera persona al confesar los propios pecados. Su escrito destila la pureza de su fe en Dios, la profunda humildad, la simplicidad del corazón, el ardor misionero, la pasión por la salvación de las almas. Concreta siete armas en la lucha contra el mal, contra el diablo: 1. Cuidarse y preocuparse en hacer siempre el bien; 2. Creer que solos nunca podemos hacer nada verdaderamente bueno; 3,Confiar en Dios y, con su amor, no temer nunca la batalla contra el mal, sea en el mundo, sea en nosotros mismos; 4. Meditar a menudo los sucesos y palabras de la vida de Jesús, sobre todo su pasión y muerte; 5. Recordar que somos mortales; 6. Tener siempre presente el recuerdo de los bienes del paraíso; 7. Tener familiaridad con la Santa Escritura, llevándola siempre en el corazón para que oriente todos los pensamientos y todas las acciones. ¡Un bello programa de vida espiritual, también hoy, para cada uno de nosotros!

En el convento, a pesar de haberse acostumbrado a la corte de Ferrara, Catalina desempeñó tareas de lavandera, costurera, panadera y del cuidado de los animales. Cumplió todo, incluso los servicios más humildes, con amor y diligente obediencia, ofreciendo a sus hermanas un testimonio luminoso.

De hecho, vio en la desobediencia el orgullo espiritual que destruye cualquier otra virtud. Por obediencia, aceptó el encargo de enseñar a las novicias, aún cuando se vio incapaz de realizar el encargo, y Dios continuó animándola con su presencia y sus dones: fue, desde luego, una maestra sabia y apreciada.

Más tarde le fue encargado el servicio del locutorio. Le costó mucho interrumpir a menudo la oración para responder a las personas que se presentaban a la reja del monasterio, pero también en esta ocasión el Señor no dejó de visitarla y de estar cerca. Con ella el monasterio fue más que nunca un lugar de oración, de ofrenda, de silencio, de cansancio y de gozo. Cuando murió la abadesa, los superiores pensaron en seguida en ella, pero Catalina los animó a dirigirse a las clarisas de Mantua, más instruidas en la constitución y observancia religiosa. Pocos años después, en el 1456, se pidió a su monasterio la creación de una nueva sede en Bolonia. Catalina hubiera preferido terminar sus días en Ferrara, pero el Señor se le apareció y le exhortó a cumplir su voluntad como abadesa en Bolonia. Se preparó para este nuevo desempeño con ayunos, disciplina y penitencias. Fue a Bolonia con dieciocho hermanas. Como superiora fue la primera en la oración y en el servicio; vivió en profunda humildad y pobreza. Después de tres años como abadesa, fue feliz al ser sustituida, pero un año después hubo de retomar sus funciones, porque la nueva elegida se quedó ciega. Aunque el sufrimiento y las graves enfermedades la atormentaban, realizó su servicio con generosidad y dedicación.

Todavía durante un año, exhortó a sus hermanas a la vida evangélica, a la paciencia y a la constancia en las pruebas, al amor fraterno, a la unión con el Esposo Divino, Jesús, para preparar de esta manera la propia dote para las bodas eternas. Una dote que Catalina basó en el saber compartir los sufrimientos de Cristo, afrontando con serenidad disgustos, angustias, desprecios e incomprensiones (cfr Le sette armi spirituali, X, 20, p. 57-58). Al principio de 1463, las enfermedades se agravaron; reunió a las hermanas por ultima vez en el Capitulo, para anunciarles su muerte y recomendarles la observancia de la regla. Hacia el final de febrero comenzó a sufrir fuertes dolores que no la dejaron más, pero ella siguió confortando a las hermanas desde el dolor, asegurándoles su ayuda también desde el cielo. Después de haber recibido los últimos sacramentos, entregó a su confesor el escrito Las siete armas espirituales y entró en agonía; su rostro se volvió bello y luminoso; miró con amor a cuantas la rodeaban y expiró dulcemente, pronunciando tres veces el nombre de Jesús: era el 9 de marzo de 1463 (cfr I. Bembo,Espejo de iluminación. Vida de santa Catalina en Bolonia, Florencia 2001, cap. III). Catalina fue canonizada por el Papa Clemente XI el 22 de mayo de 1712. La capilla del monasterio del Corpus Domini, en la ciudad de Bolonia,, custodia su cuerpo incorrupto.

Queridos amigos, santa Catalina de Bolonia, con sus palabras y con su vida, es una invitación entusiasta a dejarnos guiar siempre por Dios, a cumplir su voluntad todos los días, aunque si a menudo no se corresponde con nuestros proyectos, a confiar en su providencia que nunca nos deja solos. Desde esta perspectiva, santa Catalina habla con nosotros; desde la distancia de tantos siglos, es todavía muy moderna y habla a nuestra vida. Como nosotros sufre la tentación, la tentación de la incredulidad, de la sensualidad, de un combate difícil, espiritual. Se sintió abandonada por Dios, se encontró en la oscuridad de la fe. Pero en todas estas situaciones se cogió siempre a la mano del Señor, no lo dejó, no lo abandonó. Y caminando de la mano del Señor, fue por el sendero correcto y en encontró el camino de la luz. Así, nos dice también: ánimo, que también en la noche oscura de la fe , con tantas dudas que pueda haber, no dejéis la mano del Señor, caminad con vuestra mano en su mano, creed en la bondad del Señor; ¡esto es caminar por el sendero correcto! Y quisiera subrayar otro aspecto, el de su gran humildad: fue una persona que no quiso ser alguien o algo, no quiso aparentar; no quiso gobernar. Quiso servir, hacer la voluntad de Dios, estar al servicio de los demás. Por esto en concreto, Catalina era una autoridad creíble, porque se podía ver que para ella la autoridad era exactamente servir a los demás. Pidamos a Dios, con la intercesión de nuestra santa, el don de realizar el proyecto que Él tiene para nosotros, con valentía y generosidad, para que sólo Él sea la roca sólida sobre la que edificar nuestra vida. Gracias.

[En español dijo]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, de Valdivia, a los miembros de la Escolanía de Loyola, de Pamplona, y a los demás grupos procedentes de España, Méjico, Argentina y otros países latinoamericanos. Que, a ejemplo de Santa Catalina de Bolonia, os dejéis guiar siempre por Dios, confiando en su bondad, que nunca nos abandona. Deseo a todos un Año lleno de las bendiciones del Señor. Muchas gracias.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez]