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sábado, 17 de enero de 2009

Pablo y el "genio femenino". 4

Mujeres nobles, cultas e instruidas







Remedios Falaguera


"Atravesando Anfípolis y Apolonia llegaron a Tesalónica, donde los judíos tenían una sinagoga (Hch 17, 1) ... Algunos de ellos se convencieron y se unieron a Pablo y Silas así como una gran multitud de los que adoraban a Dios y de griegos y no pocas de las mujeres principales. (Hch 17, 4) ... Por la noche, los hermanos enviaron hacia Berea a Pablo y Silas. Ellos, al llegar allí, se fueron a la sinagoga de los judíos. (Hch 17, 10 ) … Creyeron, pues, muchos de ellos y, entre los griegos, mujeres distinguidas y no pocos hombres". (Hch 17, 12).


San Pablo y la dignidad de la mujer

A pesar de que la situación de la mujer ateniense en la época de San Pablo era mucho más abierta que la del pueblo judío, es de todos conocido que, incluso las atenienses acomodadas, cultas e instruidas de las que nos habla el apóstol en este texto carecían de lo que hoy concebimos como derechos ciudadanos.

Sabido es que la vida de las mujeres estaba dirigida primordialmente al matrimonio, las labores domésticas, el hilado y a la crianza de los hijos, especialmente, hijos varones con los que perpetuar la especie. La dependencia del marido era tal que podía amonestarla, repudiarla o apedrearla en caso de adulterio, siempre que éste estuviera probado.

Normalmente estaban encerradas en casa. Se les negaba la entrada en el templo, aprender la ciencia sagrada ni como entretenimiento ni para su educación, dar testimonio de su fe; y lo que es peor aun, sus opiniones eran rechazadas e ignoradas, incluso por su padre o su marido.
Pues bien, en este ambiente, entendido veinte siglos después como discriminatorio y radical, cada palabra, cada gesto, cada silencio de San Pablo, al igual que hizo Jesucristo, supuso una revolución. Una revolución que, a pesar de los prejuicios de la época, el apóstol no abandonó ni un instante hasta volver a situar a las mujeres en un lugar relevante de la historia de la Iglesia, como se puede observar dando un ligero repaso a las páginas del Nuevo Testamento.

En el caso de estas mujeres, cultas e instruidas, nobles de espíritu, los textos sagrados no nos las presentan como mujeres engreídas y orgullosas de su condición que desprecian a los que les rodean; ni en actitud distante y rígida que mira a los demás por encima del hombro. Al contrario; son mujeres que no se conforman con el honor, la gloria y la riqueza de su condición; ni mucho menos; buscan algo más. Buscan la Verdad.

Y debió ser esto precisamente lo que les ocurrió puesto que, al escuchar a San Pablo en la sinagoga, Dios conquistó su corazón, abrió su inteligencia para comprender y les colmó de dones. De tal manera que se "convencieron y se unieron" a él en su fascinante misión.

Unas mujeres que alimentaron, a través del mensaje de Cristo, la fuerza de su amor y de sus ansias de felicidad. Y que, conscientes de sus cualidades y defectos, toman el camino de trasformar su realidad cotidiana en busca de un proyecto divino, cueste lo que cueste, y digan lo que digan. Ya que, movidas por el amor y la responsabilidad, deciden libremente dar lo mejor que poseen.

Valía personal no les faltaba para llevarla a cabo. Ya que, como suele ocurrir, el corazón inquieto y abierto de las personas instruidas no solo recibe con celo y entusiasmo todo lo que le suponga un enriquecimiento personal, sino que lo hace vida y lo defiende con argumentos sólidos.

Comprometidas con el futuro y la verdad

De tal forma que, como pasa hoy en día, las buenas lecturas, las audiciones musicales, el teatro, la mirada a una obra de arte, los debates, etc. no solo les llena de un placer inmenso, sino que al mismo tiempo "engrandece a la persona; incluyendo su dimensión religiosa", como afirma Benedicto XVI, puesto que cultivar la verdad, la bondad y la belleza de todo lo que nos rodea engrandece nuestro corazón y ennoblece el espíritu.

Dicho de otro modo, este afán de saber no es un placer únicamente sensible, lleno de afectos y sentimientos, sino que para descubrir la grandeza de la obra de Dios, una obra llena de luz y de Amor eterno, debe actuar la inteligencia y la voluntad, potencias sine qua non para el aprendizaje.

Y puesto que tanto el hombre como la mujer "buscan la verdad", como nos recuerda el Santo Padre, y "la verdad que nos hace libres es Cristo, porque sólo él puede responder plenamente a la sed de vida y de amor que existe en el corazón humano", me complace observar que, San Pablo, Maestro de Fe y Verdad, nos presenta a estas mujeres como protagonistas de un gran desafió para el futuro de la fe, de la Iglesia y del cristianismo.

Es más, me atrevo a afirmar que, hoy como hace dos mil años, existen muchas mujeres que se "apasionan por su mensaje, experimenta el deseo incontenible de compartir y comunicar esta verdad". Y como es propio en ellas, no permitirán que se apague la Luz que ilumina su razón y que mengüen sus fuerzas del corazón ante el nuevo horizonte que se abre ante nosotros. Porque "allí donde está Dios, allí hay futuro".



sábado, 22 de noviembre de 2008

Pablo y el "genio femenino".3


La pitonisa, mujer objeto 2

Remedios Falaguera

"Sucedió que al ir nosotros al lugar de oración, nos vino al encuentro una muchacha esclava poseída de un espíritu adivino, que pronunciando oráculos producía mucho dinero a sus amos.

Nos seguía a Pablo y a nosotros gritando: "Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, que os anuncian un camino de salvación."

Venía haciendo esto durante muchos días. Cansado Pablo, se volvió y dijo al espíritu: "En nombre de Jesucristo te mando que salgas de ella." Y en el mismo instante salió.

Al ver sus amos que se les había ido su esperanza de ganancia, prendieron a Pablo y a Silas y los arrastraron hasta el ágora, ante los magistrados; los presentaron a los pretores y dijeron: "Estos hombres alborotan nuestra ciudad; son judíos y predican unas costumbres que nosotros, por ser romanos, no podemos aceptar ni practicar."

La gente se amotinó contra ellos; los pretores les hicieron arrancar los vestidos y mandaron azotarles con varas. Después de haberles dado muchos azotes, los echaron a la cárcel y mandaron al carcelero que los guardase con todo cuidado". (Hechos 16,16-23)

Es una delicia observar en este texto como San Pablo pone en evidencia la superioridad del poder de Jesucristo ante esta plaga de adivinos, magos, médium, espiritistas, etc. dominada por la fuerza del demonio, que entonces, como ocurre hoy en día, tiene un gran numero de seguidores.

Pero, hay algo más. San Lucas aprovecha el episodio de la pitonisa no solo para manifestar la superioridad del mensaje de Jesucristo ante el poder maligno de la superstición, sino para demostrar al pueblo de Filipos su comprensión ante esta joven esclava, se supone que al servicio de los sacerdotes paganos, exorcizándola y jugándose la vida en defensa de su dignidad explotada.

La típica mujer objeto

Si leemos con atención estas palabras, resulta de tremenda actualidad la defensa de la dignidad de esta esclava; ya que podemos suponer que dadas sus cualidades adivinas, se habría pagado por ella un alto precio, y sus amos se lucraban económicamente gracias a ella, convirtiéndola en lo que en pleno siglo XXI se considera una mujer objeto.

"Al ver sus amos que se les había ido su esperanza de ganancia" la reacción es inevitable. Son capaces de denunciar al apóstol públicamente, con doblez engañosa, aludiendo a falsas injurias salidas de la boca del apóstol para no rebelar su verdadera intención: Vale la pena difundir mentiras contra el bien antes que perder los privilegios. Si para evitar que las arcas mengüen hay que dejar por el camino el respeto que la mujer se merece convirtiéndola en mujer objeto, no hay problema alguno.

Como ya pasaba en la época del apóstol, hoy 2.000 años después, el complejo de superioridad que muchos hombres tienen hacia la mujer, tiende a colocarla en un segundo plano, y a tratarla como mujer-objeto cuya única misión en la vida es hacer la vida agradable a su marido, a su padre, a sus hermanos, a su jefe,…

Pongamos un ejemplo desgraciadamente muy actual y que afecta a miles de mujeres como es la violencia domestica. La mujer, como objeto que pertenece al hombre, tiene que acatar con una sumisión y respeto mal entendido la voluntad de su cónyuge, y en caso contrario, el hombre se considera con derecho a recurrir a la violencia. De ello depende un matrimonio feliz y con éxito.

Para que brille con luz propia

En caso contrario, la mujer era presa de un sentimiento de culpabilidad, que llegaba a aceptar la violencia física o verbal como una consecuencia lógica del incumplimiento y del fracaso en su misión. Como ya pasaba en la época del apóstol, hoy 2.000 años después, la concepción de superioridad de muchos hombres hacia la mujer, sigue manteniéndola en un segundo plano como mujer objeto.

Pues bien, como nos muestra este pasaje de los Hechos de los Apóstoles, San Pablo, cansado ya de esta situación, nos habla de respeto, de igualdad y de dignidad. La repulsa que siente hacia todo tipo de violencia contra la mujer utilizándola como reclamo no le permite dejar pasar la ocasión y "dijo al espíritu: En nombre de Jesucristo te mando que salgas de ella ", para que vuelvan a brillar en la mujer endemoniada su valor intrínseco, sus cualidades, valores, cultura, feminidad, ternura, intuición, esfuerzo... que nunca nadie tendría que haber violado.

Y al igual que entonces, hoy es Benedicto XVI el que afirma: "Hay lugares y culturas en los que la mujer es discriminada y minusvalorada sólo por el hecho de ser mujer, en los que se recurre incluso a argumentos religiosos y a presiones familiares, sociales y culturales para defender la disparidad de los sexos, en los que se perpetran actos de violencia contra la mujer, haciendo de ella objeto de malos tratos o de abusos en la publicidad y en la industria del consumo y de la diversión. Ante fenómenos tan graves y persistentes parece más urgente todavía el compromiso de los cristianos para que se conviertan por doquier en promotores de una cultura que reconozca a la mujer la dignidad que le compete, en el derecho y en la realidad concreta. (Discurso a los participantes del Congreso Internacional "Mujer y varón, la totalidad del humanum" el 10 febrero 2008).

sábado, 20 de septiembre de 2008

Pablo y el "genio femenino" II

Santa Lidia

Lidia, mujer piadosa

Festividad de Santa Lidia: 3 de agosto.

Remedios Falaguera

ConoZe.com

"Zarpando, pues, de Troas, vinimos con rumbo directo a Samotracia, y el día siguiente a Neápolis; y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la provincia de Macedonia, y una colonia; y estuvimos en aquella ciudad algunos días. Y un día de reposo salimos fuera de la puerta, junto al río, donde solía hacerse la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido. Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía. Y cuando fue bautizada, y su familia, nos rogó diciendo: Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa, y posad. Y nos obligó a quedamos" (Hechos 16:11-15).

La primera mujer que aparece en los Hechos de los Apóstoles relacionada con San Pablo es una gentil procedente de la Tiatira del Apocalipsis, comerciante de telas y de púrpura llamada Lidia, la tintorera.

A pesar de la buena posición económica y social en la que se encontraba, gracias a su negocio familiar asequible únicamente a ciudadanos de lujo, Lidia no se hizo célebre por esto. Al contrario. Si por algo ha pasado a la historia ha sido por ser la primera cristiana europea, ya que, mientras escuchaba atentamente las palabras del apóstol, el "Señor abrió su corazón", creyó, se arrepintió de sus pecados y se bautizó, junto a toda su familia, creando así el primer grupo de creyentes –la primera Iglesia– del continente europeo.

Pero no fue solamente su conversión, su fidelidad y su gran afán apostólico lo que la engrandeció. Más bien, suponemos que fue su valentía, su bien ganada autoridad y su generosidad que demostró al abrir las puertas de su casa, como lugar de culto y predicación, mostrando así su enorme agradecimiento por el regalo de la fe: "Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa, y posad. Y nos obligó a quedamos".

Es grato observar como la historia de Lidia es un ejemplo vivo de todas aquellas mujeres que han sabido convertir sus hogares en iglesias domesticas, reforzando así el importante papel de la mujer en la evangelización, en el compromiso con las enseñanzas de Jesucristo y en la colaboración sin límites con los apóstoles. Eso si, sin menguar ni un ápice la aportación de su "genio femenino" a la misión salvífica de Jesucristo, imprescindible para la expansión de la Iglesia en Europa.

Superando prejuicios y hábitos culturales

Nadie duda de que ser mujer piadosa imprime un carácter especial, un espíritu de comunión con Dios que le lleva no solo a servir, sino a realizar obras buenas por Dios y por la Iglesia con una extraordinaria docilidad. Resta añadir que en aquella época era el único modo en que la mujer podía demostrar su amor y su compromiso con la Palabra de Dios, ya que no estaba autorizada a hablar ni a enseñar.

Este "hacer hacer" o simplemente "hacer para" es una cualidad que no por silenciosa es menos grandiosa ante la mirada atenta de nuestro Señor, puesto que embellece el corazón de aquella mujer que lo realiza. Nuestro servicio es compartir, es amar sabiendo que sólo ama el que sabe que Alguien le ama. "Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad" (1Jn 3,18-19).

Además, hay que señalar la delicia que supone observar como Lidia, superando todos los prejuicios culturales de la época, discriminatorios de la mujer, no dudo en abrir las puertas de su casa a los discípulos del Maestro. Es más, gracias a su gran coraje y osadía, fue la precursora, junto a las Santas Mujeres que supieron estar a los pies de la Cruz con una valentía inigualable por los apóstoles, de la eliminación de la trasnochada discriminación de la mujer en la Iglesia, puesto que "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús". (Ga 3, 28).